La Brujita Desastrosa

Capítulo 55

Capítulo 55: La decisión de irse

Una mañana cualquiera, Vivi despertó antes que el sol.

El silencio de la casa era absoluto, solo roto por la respiración suave de Gusty en la cuna y el tic-tac lejano del reloj de la cocina. Se quedó acostada un momento, mirando el techo que ya conocía de memoria, sintiendo el peso familiar del anillo flojo en su dedo.

Y decidió.

"No puedo más".

Fue una certeza tranquila, sin drama, sin lágrimas. Como cuando uno cierra un libro que ya no quiere seguir leyendo.

Se levantó despacio, con cuidado de no despertar a las niñas. Abrió el armario y sacó dos maletas pequeñas, las que habían usado para mudarse a esa casa que ahora se sentía como una cárcel disfrazada de hogar.

Empacó ropa para ella y las niñas: lo esencial, lo práctico. Vestidos para Milagro, bodies y pañales para Gusty, un suéter para cada una por si refrescaba. Pocos juguetes —la muñeca favorita de Milagro, el sonajero de Gusty— y documentos importantes guardados en una carpeta: actas de nacimiento, el carnet de salud de las niñas, algo de dinero ahorrado que había escondido en un frasco de café.

Nada más.

No dejó nota.

No había palabras que valieran. Ninguna explicación que él mereciera. Ningún adiós que no sonara a mentira.

Esperó a que Amado saliera a trabajar, como cada día. Lo oyó prepararse en silencio, el ruido de la puerta cerrándose, el motor del auto viejo arrancando y alejándose.

Entonces actuó.

Despertó a Milagro con suavidad, tapándole la boca antes de que preguntara.

—Shh, mi amor. Nos vamos de viaje. Solo tú, Gusty y yo.

La niña, aún medio dormida, asintió confundida pero obediente. Vivi la vistió rápido, cargó a Gusty en el portabebés, tomó las maletas.

Cerró la puerta de la casa con cuidado, como si no quisiera despertarla.

Y salió.

El sol apenas asomaba, tiñendo el cielo de un rosa pálido que parecía burlarse de ella. Caminó hasta la esquina, donde Rosa la esperaba en el auto prestado.

Subieron.

Y se fueron.

Sin mirar atrás.

La casa quedó vacía, con el desayuno de Amado enfriándose en la mesa, las camas aún tibias, el silencio ahora real.

Vivi no lloró.

Solo apretó a sus hijas contra sí, sintiendo por primera vez en años que respiraba de verdad.

Libre.

Aunque el precio hubiera sido romper todo lo que quedaba.

El ciclo, por fin, se había roto.

O eso esperaba.

Porque los hombres como Amado no dejan ir fácilmente.

Y el amor, cuando se vuelve obsesión, no entiende de puertas cerradas.

Pero por ahora, el auto avanzaba.

Y Vivi, con sus hijas, se alejaba.

Hacia un lugar donde quizá pudiera volver a ser ella.

Todavía ella.

Sin él.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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