Capítulo 56: Casa de la hermana
El departamento de Rosa era un lugar estrecho en la ciudad, dos recámaras pequeñas con paredes pintadas de un azul desvaído y una cocina que olía siempre a café y a pan tostado. Estaba en un tercer piso, con vista a una calle ruidosa donde los buses pasaban pitando y los vendedores ambulantes gritaban sus ofertas.
Rosa acogió a Vivi sin preguntas esa primera noche. Solo abrió la puerta, vio las maletas, las niñas asustadas, y las abrazó fuerte.
—Quédate el tiempo que necesites —dijo, la voz firme, los ojos llenos de una rabia protectora que Vivi agradeció en silencio—. Esta es tu casa ahora.
Milagro estaba confundida. Miraba alrededor con ojos grandes, tocando las paredes desconocidas, preguntando una y otra vez:
—¿Dónde está papá? ¿Por qué no vino con nosotros?
Vivi se arrodillaba a su altura, forzando una sonrisa que le dolía en el alma.
—Nos tomaremos unas vacaciones, mi amor —decía, acariciándole el cabello—. Solo nosotras tres. Como una aventura.
Milagro asentía, pero no se convencía del todo. Se acurrucaba en la cama improvisada que Rosa había preparado en su cuarto, abrazando su muñeca favorita, mirando el techo extraño.
Gusty era muy pequeña para entender.
Solo tenía un año. Lloraba porque sentía la tensión: el viaje largo en auto, los brazos desconocidos de la tía Rosa, la ausencia del olor familiar de la casa que conocía. Lloraba por hambre, por sueño, por el cambio que su cuerpecito frágil registraba como amenaza.
Vivi la mecía en la noche, en la recámara pequeña que compartía con las niñas, sintiendo el peso de Gusty contra su pecho como un recordatorio vivo de todo lo que había pagado.
Rosa cerraba la puerta de su propio cuarto para darles privacidad, pero Vivi oía sus pasos inquietos en la sala, el murmullo de la televisión baja.
La ciudad rugía afuera: cláxones, voces, música lejana.
Pero dentro del departamento, el silencio era otro.
Uno de alivio.
De miedo contenido.
De un nuevo comienzo que aún no sabía si sería posible.
Vivi miraba a sus hijas dormir —Milagro con el ceño fruncido incluso en sueños, Gusty respirando tranquila por fin— y sentía que, por primera vez en años, su cuerpo era suyo otra vez.
Aunque el corazón aún latiera con el eco de la traición.
Aunque el anillo flojo en su dedo le recordara que algunas cosas nunca se reparan del todo.
Aquí, en casa de la hermana, empezaba algo nuevo.
Un lugar donde quizá pudiera respirar.
Donde quizá pudiera sanar.
Donde quizá, por fin, pudiera ser.
Todavía ella.
Sin él.
Aunque el miedo a que él apareciera —porque hombres como Amado no dejan ir— le apretara el pecho en la oscuridad.
Por ahora, la puerta estaba cerrada.
Y las niñas dormían.
Y Vivi velaba.
Libre.
Por primera vez en mucho tiempo.
Libre.
Editado: 01.02.2026