La Brujita Desastrosa

Capítulo 57

Capítulo 57: Amado descubre la casa vacía

Amado regresó del trabajo como cada día, con el sol ya bajo y el cansancio habitual en los hombros. La llave giró en la cerradura con el sonido familiar, pero al abrir la puerta, el silencio lo golpeó como una pared.

Casa en silencio.

Un silencio demasiado profundo, demasiado vacío. No el de las niñas jugando o la televisión encendida, ni el de Vivi moviéndose en la cocina.

—¿Vivi? —llamó, la voz resonando en el pasillo—. ¿Niñas?

Nada.

Solo el eco de su propia llamada.

Dejó las bolsas de la compra en la mesa y recorrió la casa con pasos que se aceleraban. La cocina limpia, impecable. La cuna de Gusty vacía. El cuarto de Milagro: la muñeca favorita no estaba en la cama, los dibujos pegados en la pared seguían ahí, pero la mochila pequeña había desaparecido.

Entró al dormitorio principal. Abrió el clóset.

Ropa que faltaba. Los vestidos de Vivi, los bodies de Gusty, los pantaloncitos de Milagro. Espacios vacíos donde antes colgaban sus cosas.

Juguetes desaparecidos. El sonajero, el osito de Milagro, el libro de cuentos que leían cada noche.

Entiende.

El mundo se le cayó encima como una losa. Se dejó caer en la cama, las manos temblando, el pecho apretado por un dolor que no sabía nombrar.

Se derrumba.

Llora solo en la casa vacía. Lágrimas gruesas, sollozos que le sacudían el cuerpo, el rostro hundido en las almohadas que aún olían a ella. Lloró por las niñas que no estaban, por Vivi que se había ido sin una palabra, por el vacío que él mismo había creado y que ahora lo devoraba.

No comió durante tres días.

La comida se pudría en la nevera, el café se enfriaba en la taza. Se quedaba sentado en la sala, mirando la puerta como si esperara que se abriera de nuevo, que ellas regresaran riendo, que todo hubiera sido una pesadilla.

Pero la casa se convirtió en tumba.

Silenciosa. Fría. Vacía de vida.

Las flores que había traído se marchitaron en el jarrón. Las camas quedaron sin hacer. El sofá, su cama improvisada, ahora era el centro de un mundo que se había deshecho.

Amado no buscó. No llamó. No preguntó a los vecinos.

Sabía que se lo merecía.

Sabía que esta vez, el precio no era un embarazo forzado.

Era la soledad absoluta.

La casa que había construido con obsesión ahora era su prisión.

Y en ella, solo, lloraba en silencio.

Porque por primera vez, entendía que algunas cosas, una vez rotas, no se reparan.

Ni con oro.

Ni con lágrimas.

Ni con tiempo.

La familia que tanto deseaba se había ido.

Y él se quedó con el vacío.

El dedo desnudo.

Y una casa que ya no era hogar.

Solo una tumba para lo que pudo ser.

Y nunca volvió a ser.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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