Capítulo 58: El profesor Roberto
Mes dos de la huida.
Vivi había encontrado trabajo en la biblioteca municipal de la ciudad: un refugio de silencio y libros donde el tiempo pasaba despacio, donde nadie preguntaba por el pasado. Clasificaba volúmenes, ayudaba a los lectores, recomendaba novelas a señoras mayores que buscaban algo "que haga llorar un poco".
Allí conoció a Roberto.
Profesor de literatura en una escuela secundaria cercana, divorciado, 38 años. Amable, culto, con esa forma de hablar pausada que hacía que cada frase sonara como una cita de libro. Llegaba casi todas las tardes, buscando material para sus clases o simplemente para leer en una de las mesas del fondo.
Una día, mientras Vivi ordenaba estantes, él se acercó con un ejemplar de *Cien años de soledad* en la mano.
—¿Me recomienda algo parecido? —preguntó, con una sonrisa tímida que le arrugaba los ojos—. Algo que duela bonito.
Vivi levantó la vista y, por primera vez en meses, sintió que alguien la veía de verdad. No como víctima, no como madre agotada, sino como mujer.
Conversaron. De García Márquez a Cortázar, de poesía a las novelas que te rompen el corazón. Él hablaba con pasión contenida, ella respondía con comentarios precisos, inteligentes, que lo hicieron mirarla con interés genuino.
Al final de la tarde, él la invitó a café.
—Solo un café —dijo, como disculpándose—. En la esquina. Nada más.
Vivi dudó un segundo. El anillo flojo en su dedo le recordó todo lo que había dejado atrás. Pero aceptó.
Las conversaciones sobre libros se convirtieron en rutina. Cafés después del trabajo, paseos cortos por el parque cercano, charlas que fluían fáciles, sin presión. Roberto hablaba de sus clases, de sus autores favoritos, de la vida con una ligereza que Vivi había olvidado que existía.
Y Vivi sonreía.
Sonrisas reales, que llegaban a los ojos. Sonrisas que no forzaba por las niñas. Sonrisas que no sabía que aún podía tener.
No mencionaba su situación.
Cuando él preguntaba, con delicadeza, sobre su vida —"¿Y las niñas? ¿El padre?"—, ella solo decía:
—Es complicado.
Roberto no insistía. Solo asentía, cambiaba de tema, le recomendaba otro libro.
Porque entendía que algunas heridas no se cuentan.
Se curan en silencio.
O se aprenden a llevar.
Y en esas tardes de café y libros, Vivi empezaba a sentir algo nuevo.
No amor. Aún no.
Pero posibilidad.
La posibilidad de que, después de todo, pudiera volver a ser vista.
Deseada.
Sin miedo.
Sin culpa.
Sin él.
Aunque en el fondo, una parte de ella sabía que los finales felices no llegan tan fácil.
Y que los hombres como Amado no desaparecen.
Solo esperan.
Pero por ahora, el café estaba caliente.
El libro abierto.
Y la sonrisa, real.
Editado: 01.02.2026