La Brujita Desastrosa

Capítulo 60

Capítulo 60: La epifanía nocturna

Esa noche, Vivi no durmió.

En la cama estrecha del departamento de su hermana, con Gusty acurrucada a un lado y Milagro respirando tranquila al otro, se quedó mirando el techo agrietado, la mente girando como un carrusel que no se detiene.

Todos querrán hijos.

Los hombres buenos, los normales, los que merecen amor de verdad, querrán familia. Querrán ver crecer su sangre, querrán noches de cuentos y mañanas de risas con más de dos niños corriendo por la casa.

Su cuerpo no podía dar más hijos.

Lo sabía con certeza médica, con cicatrices que hablaban más alto que cualquier deseo. Otro embarazo sería una sentencia. Y si no lo era, el miedo lo sería.

¿Qué hombre aceptaría eso?

Un hombre que no quisiera hijos propios. Un hombre que se conformara con Milagro y Gusty, con una familia ya hecha, rota y recompuesta. ¿Existía? ¿O todos, al final, llevarían dentro esa semilla de deseo que, tarde o temprano, germinaría en presión, en manipulación, en traición?

Pensó en Amado.

En su devoción enfermiza que la había destruido dos veces.
En su culpa eterna que lo convertía en esclavo, en proveedor incansable.
En su servicio constante, obsesivo, que no pedía nada a cambio porque sabía que no merecía pedir.

Llora de rabia.

Lágrimas silenciosas que mojaron la almohada, el pecho agitado por sollozos que no dejaba salir para no despertar a las niñas.

Pero comprende.

Con una claridad cruel que le apretó el corazón.

Amado era su única opción.

El único hombre que no pediría más hijos, porque sabía el precio.
El único que no la presionaría, porque la culpa lo ataba más fuerte que cualquier cadena.
El único que la amaría con esa intensidad rota, imperfecta, pero absoluta.

Porque ningún otro la aceptaría tal como era ahora: marcada, limitada, con dos hijas y un cuerpo que ya no podía dar más.

Llora más fuerte, mordiendo la almohada para ahogar el sonido.

Rabia por entenderlo.
Dolor por saberlo cierto.

Porque volver significaría rendirse.

Pero quedarse sola, con las niñas, en un mundo que siempre pediría más... ¿era realmente libertad?

O solo otro tipo de prisión.

La epifanía la golpeó como una ola fría.

Amado era su verdugo.

Pero también su salvación.

El único que la amaría sin pedir lo imposible.

Porque ya lo había pedido todo.

Y lo había perdido.

Vivi lloró hasta que no quedó nada.

Y en la oscuridad, con sus hijas dormidas a su lado, comprendió que quizá, al final, volver era inevitable.

No por amor.

Sino por supervivencia.

Porque algunos amores rotos son el único refugio que queda.

Incluso si duelen.

Incluso si matan.

Poco a poco.



#360 en Fantasía
#534 en Otros
#55 en Relatos cortos

En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.