Capítulo 61: Conversación con la hermana
La mañana siguiente, el sol entraba tímido por la ventana de la cocina, filtrándose entre las cortinas descoloridas. Rosa preparaba café en la estufa vieja, el aroma fuerte llenando el espacio pequeño, como un intento de normalidad en un día que no lo era.
Vivi estaba sentada a la mesa, con una taza vacía entre las manos, los ojos hinchados por la noche en vela. Gusty jugaba en el suelo con bloques de madera, y Milagro coloreaba en un cuaderno, ajena aún al peso que flotaba en el aire.
Rosa puso el café frente a ella y se sentó al otro lado, sin rodeos.
—¿Qué pasó anoche? —preguntó, la voz baja para no alarmar a las niñas—. Llegaste como si te persiguiera el diablo.
Vivi miró la taza, luego a su hermana. Y contó todo.
La cena con Roberto. La conversación que fluía tan fácil, tan ligera. La pregunta fatal sobre hijos. El pánico que la golpeó como un recuerdo vivo. La huida del restaurante, las lágrimas en la calle, el miedo que no se iba nunca.
Rosa escuchó en silencio, los labios apretados, la rabia contenida en los ojos.
—Entonces vas a volver con él —dijo al fin. No era pregunta. Era afirmación.
Vivi sintió que el aire se le escapaba.
—No tengo opción —respondió, la voz temblando apenas, pero cargada de una resignación que dolía más que cualquier grito.
Rosa negó con la cabeza, inclinándose hacia adelante.
—Siempre hay opción —dijo, firme—. Siempre, Vivi. Puedes criar a las niñas sola. Puedes encontrar a alguien que no te pida lo imposible. Puedes sanar.
Vivi miró a sus hijas un segundo —Milagro concentrada en sus colores, Gusty apilando bloques con torpeza adorable— y luego a Rosa. Las lágrimas subieron, amargas, incontenibles.
—No para mí —dijo, la voz quebrándose—. No para mí.
Y lloró.
Llanto amargo, silencioso al principio, luego con sollozos que sacudían sus hombros. Rosa se levantó, la abrazó fuerte por encima de la mesa, dejando que llorara contra su pecho como cuando eran niñas.
Las niñas miraron, confundidas, pero Rosa las distrajo con una sonrisa forzada.
—Es nada, mis amores. Mamá solo está cansada.
Pero Vivi sabía que no era cansancio.
Era la verdad desnuda.
La epifanía que la había golpeado en la noche.
Que quizá su libertad era una ilusión.
Que quizá el único lugar donde no le pedirían más hijos era el infierno que había dejado atrás.
Con el hombre que la había destruido.
Pero que también la había cuidado como nadie más lo haría.
Llanto amargo.
Porque entenderlo no lo hacía menos doloroso.
Solo más inevitable.
Y en la cocina de su hermana, con el café enfriándose y las niñas jugando, Vivi lloró por la libertad que quizá nunca tendría.
Porque algunas prisiones no tienen barrotes.
Tienen nombres.
Y el suyo era Amado.
Editado: 01.02.2026