Capítulo 62: Llamada telefónica
Vivi marcó el número con dedos que no temblaban. Lo sabía de memoria, aunque no lo había usado en meses. El teléfono sonó una vez. Solo una.
Amado contestó al primer timbre.
—¿Vivi? —su voz salió ansiosa, cargada de una esperanza que casi rompió el silencio de la línea.
Ella respiró hondo, mirando por la ventana del departamento de Rosa, donde Milagro jugaba con Gusty en el suelo.
—Voy a regresar —dijo, clara, sin preámbulos.
Del otro lado, un sollozo ahogado. Luego, palabras atropelladas, llenas de alivio y lágrimas.
—Gracias, gracias —repitió él, como una oración—. Dios mío, gracias. Ven cuando quieras. La casa está lista. Yo... yo lo tengo todo preparado.
Vivi cerró los ojos un segundo. El corazón le latió fuerte, pero no de miedo. De resolución.
—Con condiciones —cortó ella, la voz firme como acero.
—Las que sean —respondió él al instante, sin dudar—. Lo que tú digas, Vivi. Lo juro.
—Nunca más, Amado —dijo ella, cada palabra pesada, definitiva—. Nunca más toques mi cuerpo, mi medicación, mi vida. Si vuelves a hacerlo, si siquiera lo piensas... te mato.
No era metáfora.
Era una promesa fría, nacida de años de traición, de dos embarazos que casi la matan, de una confianza hecha añicos.
Amado guardó silencio un segundo. Luego, con voz rota pero sincera:
—Nunca más. No volverá a pasar. Te lo juro por mis hijas. Por todo lo que queda de mí.
Vivi colgó sin despedirse.
Se quedó mirando el teléfono en su mano, el anillo flojo girando en su dedo.
Rosa la observaba desde la puerta de la cocina, los brazos cruzados, el rostro serio.
—¿Estás segura? —preguntó, sin juzgar.
Vivi asintió despacio.
—No tengo opción —dijo, pero esta vez la voz no tembló.
Porque volver no era rendición.
Era control.
Era establecer las reglas.
Era regresar como dueña de su vida, no como víctima.
Las niñas la necesitaban en un hogar estable.
Y Amado... Amado pagaría cada día.
Con silencio.
Con distancia.
Con la culpa que lo comía vivo.
Vivi colgó el teléfono y empezó a empacar de nuevo.
Esta vez, no huía.
Regresaba.
Para reclamar lo que era suyo.
Incluso si eso significaba vivir al lado del hombre que casi la destruyó.
Porque algunas prisiones se eligen.
Cuando no queda otra libertad.
El ciclo no se rompía.
Se reescribía.
Con nuevas condiciones.
Y esta vez, Vivi sostenía la pluma.
Editado: 01.02.2026