La Brujita Desastrosa

Capítulo 63

Capítulo 63: El regreso

Tres días después.

El taxi se detuvo frente a la casa con un chirrido suave de frenos. El sol de media mañana iluminaba el jardín cuidado, las dalias que Amado había mantenido vivas con una dedicación silenciosa. La puerta principal estaba abierta, como si la casa esperara, conteniendo el aliento.

Amado estaba en la puerta.

Demacrado. Ojeras profundas que le hundían los ojos, la camisa colgando floja sobre un cuerpo que había bajado al menos diez kilos. El rostro marcado por noches sin dormir, por comidas que no probaba, por un vacío que lo había consumido desde el día que encontró la casa sola.

Pero la casa estaba impecable. Preparada para recibirlas: pisos relucientes, camas hechas con sábanas frescas, juguetes de las niñas colocados con cuidado en sus lugares, un ramo de flores nuevas en la mesa de la cocina.

Milagro fue la primera en bajar. Vio a su padre y corrió, los bracitos abiertos, gritando "¡Papá!" con una alegría pura que cortó el aire. Se lanzó a sus brazos, y Amado la atrapó, abrazándola fuerte contra su pecho, las lágrimas brotando sin permiso mientras besaba su cabello.

Gusty estaba en brazos de Vivi, la niña mirando curiosa al hombre que ya reconocía, extendiendo una manita regordeta.

Amado las miró a las dos —a su hija pequeña, a la mujer que había vuelto— con una emoción que le temblaba en los labios.

No intentó tocar a Vivi. Ni un paso más cerca. Solo se quedó ahí, con Milagro aferrada a su cuello, y dijo con voz ronca, quebrada por el alivio y la culpa:

—Bienvenidas a casa.

Vivi bajó del taxi con Gusty en brazos, las maletas en la mano de Rosa que había insistido en acompañarlas hasta la puerta. Miró la casa, el jardín, al hombre demacrado que sostenía a su hija mayor como si temiera que desapareciera de nuevo.

No respondió.

Solo asintió apenas, cruzó el umbral con paso firme, Gusty en brazos.

Amado se apartó para dejarla pasar, sin rozarla siquiera.

Milagro, ajena a la tensión, reía y hablaba sin parar, contando sus "vacaciones" con la tía Rosa.

Vivi entró.

La casa olía igual. A pino, a cera, a él.

Pero esta vez, entraba en sus términos.

Con condiciones claras.

Y Amado lo sabía.

Se quedó en la puerta un segundo más, mirando cómo Vivi acomodaba a Gusty en la cuna preparada, cómo Milagro corría a su cuarto feliz.

Bienvenidas a casa.

Palabras que decían todo.

Y nada.

Porque el regreso no era perdón.

Era un nuevo contrato.

Silencioso.

Frío.

Necesario.

La puerta se cerró detrás de ellas.

Y la casa volvió a tener vida.

Pero ya no era la misma.

Ninguno lo era.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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