La Brujita Desastrosa

Capítulo 64

Capítulo 64: El dolor

La vida había encontrado un ritmo extraño, casi pacífico. Las niñas crecían. Milagro ya iba a la escuela, Gusty balbuceaba sus primeras palabras torpes. Amado trabajaba turnos largos, pero llegaba a casa con la cena comprada en la esquina. Vivi cocinaba menos, descansaba más. Por primera vez en años, nadie hablaba de pastillas desaparecidas ni de promesas rotas. Solo el día a día.

Una mañana de martes, Vivi se despertó con un pinchazo en el lado derecho del abdomen. Agudo. Como si alguien le clavara un clavo caliente.

Se incorporó despacio. Respiró hondo. El dolor cedió un poco.

“Debe ser algo que comí anoche”, pensó. Los pupusas de la fonda de la esquina siempre le caían pesados.

Se levantó, preparó el desayuno, llevó a Milagro al colegio. El pinchazo volvió al agacharse para atarle los zapatos, pero lo ignoró.

Pasaron los días. El dolor no se fue. Se quedó ahí, constante, como un huésped molesto. A veces leve, a veces tan fuerte que tenía que apoyarse en la mesa para no doblarse.

Empezó a tomar ibuprofeno. Dos pastillas. Luego cuatro. No ayudaban.

Amado lo notó la tercera noche. La vio sentada en la sala, con la mano presionando el abdomen, la cara pálida.

—¿Qué tenés? —preguntó, dejando las bolsas del mercado.

—Nada. Me duele un poco la barriga.

—Hace días que te veo así. Ve al doctor, Vivi.

—Es indigestión, Amado. Ya se me pasa.

Pero no se pasaba. Y en el fondo, ella sabía que no era indigestión. Conocía su cuerpo demasiado bien después de todo lo que había pasado. Esto era distinto. Esto era malo.

Una semana después, el dolor ya no la dejaba dormir. Se despertaba sudando, con náuseas, apretando los dientes para no gritar y despertar a las niñas.

No aguantó más.

Llamó a la doctora de cabecera, la misma que la había atendido desde el posparto de Gusty. Consiguió cita para el día siguiente.

Amado quiso acompañarla.

—No hace falta —dijo ella—. Voy sola.

Llegó al consultorio pequeño del centro de salud. La doctora Ramírez, una mujer de cincuenta y tantos, con gafas gruesas y voz calmada, la hizo pasar.

—¿Qué te trae por aquí, Vivi?

—Me duele aquí —señaló el lado derecho—. Desde hace como diez días. No se quita.

La doctora la hizo acostar en la camilla. Le levantó la blusa. Palpó despacio.

Vivi sintió cómo los dedos de la doctora se detenían en un punto. Presionaron. El dolor explotó. Tuvo que morderse el labio.

El rostro de la doctora cambió.

—Tu abdomen está un poco inflamado. Y aquí… siento algo duro.

Vivi tragó saliva.

—¿Qué puede ser?

—No quiero alarmarte todavía. Necesitamos estudios. Voy a ordenarte un ultrasonido abdominal y análisis de sangre completos. Te doy la orden para mañana mismo.

Vivi se sentó. Las manos le temblaban.

—¿Es grave?

—Puede ser muchas cosas. Una infección, un quiste, cálculos… Pero hay que verlo.

La doctora escribió rápido. Le entregó los papeles.

—Mañana a las ocho en el hospital Isss. En ayunas.

Vivi guardó las órdenes en el bolso. Salió del consultorio con las piernas flojas.

En la calle, el sol pegaba fuerte. Se detuvo un momento, apoyada contra la pared.

Algo estaba mal.

Muy mal.

Y esta vez, no sabía si su cuerpo volvería a resistir.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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