Capítulo 67: La noticia a los hijos
Era un domingo por la tarde. La casa olía a café recién hecho y a lluvia que se acercaba. Amado llamó a las niñas desde la sala.
—Vengan, por favor. Necesitamos hablar todos juntos.
Milagro, ya con trece años, entró primero. Alta, seria, con el cabello recogido como su madre. Gusty, de ocho, llegó corriendo desde el patio, con las rodillas sucias de tierra.
Se sentaron en el sofá viejo. Vivi en el centro, Amado a su lado. Las niñas frente a ellos, en las sillas del comedor que habían traído para que cupieran todos.
Vivi respiró hondo. Miró a Amado. Él asintió apenas.
—Tengo que contarles algo importante —empezó ella, con voz calmada—. Fui al doctor. Me hicieron estudios. Encontraron… un cáncer en el hígado. Es grave.
Silencio.
Milagro abrió grande los ojos. Entendió de inmediato. Sus labios temblaron.
—¿Cuánto tiempo…? —preguntó, casi en un susurro.
—Sin tratamiento, unos seis meses. Con quimioterapia, tal vez un año.
Milagro se dobló hacia adelante. Se cubrió la cara con las manos y empezó a llorar. Un llanto profundo, de adulto, que sacudía todo su cuerpo.
Gusty miró a su hermana, luego a su mamá. No entendía del todo.
—¿Por qué llora Milagro? —preguntó, con voz aguda—. ¿Qué es cáncer? ¿Te vas a curar, mami?
Vivi extendió la mano y tomó la de Gusty.
—Es una enfermedad muy fuerte, mi amor. Los doctores van a intentar ayudarme, pero… puede que no sea suficiente.
Gusty frunció el ceño. Luego gritó:
—¡No! ¡No quiero!
Se levantó y corrió a abrazar a Vivi, enterrando la cara en su regazo.
Amado se acercó a Milagro. La abrazó. Ella se dejó, sollozando contra su pecho.
Nadie dijo nada más por un rato largo. Solo llanto, respiraciones entrecortadas y el ruido lejano de un carro en la calle.
Esa noche, cuando la casa por fin se quedó en silencio, Vivi se metió sola en su cuarto.
Se acostó boca arriba. Miró el techo oscuro.
Y pensó.
Viví más de lo que cualquier doctor esperaba.
Dos embarazos que debieron matarme.
Dos hijas hermosas.
Un hombre que, a pesar de todo, se quedó.
Amor, al final. Aunque torcido, aunque doloroso, amor.
No me quejo.
Se llevó la mano al dedo. Tocó el anillo. El mismo que habían reparado años atrás. El que había sobrevivido al mar, al odio, al tiempo.
Lo giró despacio.
Cerró los ojos.
Y por primera vez desde el diagnóstico, aceptó.
Lo que viniera, vendría.
Ella ya había ganado su guerra.
Editado: 01.02.2026