Capítulo 68: Milagro investiga
Milagro no podía dormir.
Desde que su mamá había contado la noticia en la sala, todo en la casa se sentía distinto. Más pesado. Como si el aire estuviera hecho de plomo.
Se encerró en su cuarto después de la cena. Encendió la computadora vieja que Amado había traído de la fábrica. La conexión era lenta, pero suficiente.
Buscó: “trasplante de hígado cáncer”.
Página tras página. Artículos médicos, foros, testimonios.
El trasplante era la única esperanza real. La quimioterapia solo alargaba lo inevitable. Pero un hígado nuevo podía curarla. Podía darle años. Décadas, quizás.
El problema era el tipo de sangre de su mamá: AB negativo.
Solo el 1% de la población lo tenía. El más raro de todos.
La lista de espera: años. En algunos países, cinco, diez. Gente moría esperando.
Su mamá no tenía años.
Tenía meses.
Milagro sintió un nudo en la garganta. Cerró los ojos un segundo. Luego siguió buscando, desesperada.
“Donante vivo”.
Eso apareció como una luz. Alguien vivo podía donar una parte del hígado. El órgano se regeneraba. Ambos sobrevivían.
Pero tenía que ser compatible.
Esa noche, en la cama, Amado tampoco dormía.
Vivi respiraba tranquila a su lado, pero él la miraba en la oscuridad. Pensaba en las niñas. En lo que había hecho años atrás. En la deuda que nunca había pagado.
Se levantó despacio. Fue a la sala. Encendió su celular. Empezó a navegar.
“Donación de hígado en vivo”.
Leyó todo. El hígado era único: podía donarse una parte y regenerarse. El donante daba el lóbulo derecho o izquierdo. Conservaba lo suficiente para vivir. Ambos hígados crecían completos en meses.
Era posible. Real. Miles lo habían hecho.
Requisitos: salud perfecta, edad adecuada, compatibilidad.
Y sangre.
Tipo de sangre compatible.
Recordó la tarjeta de donante que había llenado años atrás. O positivo.
Buscó rápido: “O positivo puede donar hígado a AB negativo”.
Sí.
O era donante universal para órganos sólidos como el hígado. El Rh no importaba: positivo o negativo, era lo mismo.
Podía donar a AB negativo.
Su corazón latió más rápido.
Más fuerte.
Como si, por primera vez en años, hubiera encontrado una forma de arreglar lo que había roto.
No dijo nada todavía.
Pero en la oscuridad, con el celular iluminando su cara, Amado sintió algo que no había sentido desde la luna de miel.
Esperanza.
Y miedo.
Mucho miedo a lo que vendría si se lo proponía.
Editado: 01.02.2026