La Brujita Desastrosa

Capítulo 70

Capítulo 70: La espera

Cinco días.

Cinco días enteros desde que Amado salió del hospital con la cabeza llena de promesas médicas y el cuerpo hecho un nudo.

En casa, todo seguía igual en apariencia. Vivi pasaba las mañanas en el sofá, con una manta sobre las piernas aunque no hacía frío. Las niñas iban al colegio. Gusty cantaba canciones infantiles mientras jugaba. Milagro ayudaba más de lo normal, callada, observándolo todo.

Pero Amado no era el mismo.

Se levantaba de la mesa de golpe para revisar el teléfono. Lo sacaba del bolsillo cada diez minutos. Lo ponía boca abajo, luego boca arriba. Lo miraba fijamente, como si pudiera obligarlo a sonar con la voluntad.

Vivi lo notó el tercer día.

Estaban en la cocina. Ella pelaba una naranja despacio, con dedos que ya temblaban un poco más.

—¿Estás bien? —preguntó, sin levantar la vista.

Amado se congeló con el teléfono en la mano.

—Perfectamente —mintió, guardándolo rápido—. Solo… pendientes del trabajo.

Ella no insistió.

Pero lo miró un segundo más de lo normal.

El cuarto día, Amado casi no comió. El quinto, no pegó ojo.

El sexto día, el teléfono sonó por fin.

Era mediodía. El sol pegaba fuerte en el patio trasero. Amado vio el número del hospital y sintió que las piernas le fallaban.

Salió al jardín sin decir nada. Cerró la puerta corrediza detrás de él.

Contestó con la mano temblando.

—¿Aló?

—Señor Rivera —dijo la voz del hepatólogo, calmada, profesional—. Tenemos los resultados definitivos de su evaluación.

Amado se apoyó contra la pared. El corazón le golpeaba las costillas.

—Diga.

—Es compatible. Perfecto. Tipo de sangre ideal, tamaño del hígado adecuado, función hepática excelente, vasos en buen estado. Todo coincide. Usted puede ser donante vivo para su esposa.

El mundo se detuvo.

Amado abrió la boca, pero no salió sonido.

—¿Señor Rivera? ¿Está ahí?

—Sí… sí —logró balbucear.

—Necesitamos programar una cita con ambos para explicar el procedimiento, riesgos, fechas. ¿Cuándo pueden venir?

—Cuando sea —dijo él, casi en un susurro.

Colgó.

Se quedó ahí, de pie entre las matas de izote y el limonero.

Y entonces lloró.

Solo.

Lágrimas gruesas, silenciosas, que le rodaban por las mejillas y caían al suelo seco.

Lágrimas de alivio.

De miedo.

De culpa vieja que por fin encontraba una salida.

Se limpió la cara con la manga.

Miró hacia la casa. A través del vidrio vio a Vivi sentada, con la cabeza apoyada en la mano.

Respiró hondo.

Ahora venía lo difícil.

Decírselo.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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