Capítulo 73: Consultas médicas
Las semanas se convirtieron en un desfile de citas médicas. Hospital Rosales, consultas interminables, pasillos fríos que ya conocían de memoria.
Los cirujanos explicaron todo con diagramas en la pared y palabras precisas.
Para Vivi, el éxito del trasplante rondaba el ochenta y cinco por ciento. Su cuerpo recibiría el lóbulo sano y, con suerte, el cáncer quedaría atrás.
Para Amado, la supervivencia también era del ochenta y cinco por ciento. Le quitarían el lóbulo derecho, el más grande. El remanente regeneraría.
Pero quedaba ese quince por ciento.
Quince por ciento de hemorragia masiva, de infección, de fallo hepático agudo. A su edad, quizás un poco más.
Amado escuchó sin parpadear.
—Me gustan esas probabilidades —dijo, con una sonrisa torcida.
Los médicos intercambiaron miradas.
—Debe pensarlo bien, señor Rivera. Es una decisión de vida o muerte.
—Ya lo pensé toda mi vida.
Un día, en la cafetería del hospital, Milagro lo esperó con dos cafés en vasos de plástico.
Se sentaron en una mesa arrinconada. Ella removía el azúcar sin parar.
—Papá, por favor.
Sus ojos estaban rojos de tanto llorar en secreto.
—Mamá no querría que arriesgaras tu vida por ella.
Amado tomó un sorbo. Quemaba.
—Ella la arriesgó tres veces. Por nosotros. Por ti, por Gusty.
Milagro abrió la boca para rebatir, pero no encontró palabras.
Bajó la cabeza. Se inclinó y lo abrazó fuerte, como cuando era niña y tenía pesadillas.
Lloró contra su hombro, sin ruido, solo temblores.
Amado le acarició el cabello.
Gusty no podía hablar del tema sin derrumbarse. Así que escribió.
Una noche, después de la cena, le entregó un sobre doblado.
Era una carta en papel de cuaderno, con letra cuidadosa.
Amado la leyó en voz alta, aunque ella no quería.
“Gracias por cuidar a mamá.
Toda mi vida los vi.
Tu devoción, su resistencia.
Su amor complicado pero real.
Eres mi héroe.
Por favor no mueras.”
Cuando terminó, los ojos le brillaban.
Dobló la carta con cuidado. La guardó en la cartera, en el compartimento donde llevaba la foto de la familia.
—La llevaré al quirófano —dijo.
Gusty asintió, sorbiendo lágrimas.
Y así, entre citas, números y silencios, la fecha se acercaba.
El día en que uno entraría al quirófano por el otro.
Y solo uno tenía garantizado salir.
Editado: 01.02.2026