### Capítulo 74: Última cena en casa
Era la noche antes del ingreso al hospital. Mañana temprano, Amado y Vivi cruzarían las puertas del Rosales para no volver juntos, quizás nunca.
Esa tarde, el coordinador de trasplantes lo había llamado al celular. Amado salió al patio para hablar, lejos de los oídos de la casa.
—Señor Rivera, su tipo de sangre es O positivo. Donante universal. Hay pacientes graves esperando órganos compatibles. Si algo sucediera durante la cirugía… ¿consideraría donar? Sería un acto de enorme generosidad.
Amado se quedó callado.
—No lo sé. No estoy pensando en eso ahora.
Lo convencieron de ir al hospital esa misma tarde, solo. Lo llevaron a la unidad de cuidados intensivos. Pasillo tras pasillo de camas, tubos, respiradores. Rostros demacrados, familias agotadas sentadas en sillas plásticas.
Un hombre joven con cirrosis terminal. Una mujer de cuarenta esperando corazón. Un niño con insuficiencia renal.
Los familiares se acercaron. Algunos con lágrimas, otros con sobres gruesos en la mano.
—Por favor, piénselo. Le daríamos lo que fuera. Cien mil, doscientos. Para sus hijas. Para su familia.
Amado sintió el peso de sus miradas. Vio el dolor real, no el suyo propio.
Los médicos insistieron con suavidad.
—El hígado de su esposa está casi destruido por completo. Si usted no sobrevive, podría salvar varias vidas. Incluida la de ella, indirectamente.
Amado miró el suelo.
—Lo voy a pensar. Les digo mañana.
Regresó a casa al atardecer, con la cabeza llena de rostros ajenos.
En la cocina, Milagro había tomado el control. Preparó lo que sabía que era la comida favorita de ambos: carne asada con chimichurri, arroz moro, plátanos fritos, ensalada de repollo. Gusty puso la mesa con los platos buenos, los que solo salían en Navidad.
Se sentaron los cuatro. La mesa pequeña parecía más grande esa noche.
Hablaron de todo menos de lo obvio. Milagro contó una anécdota del colegio. Gusty habló de un dibujo que había hecho. Vivi sonrió cuando pudo. Amado contó un chiste malo del trabajo.
Las niñas jugaban a las cartas después de comer, riendo fuerte, como si el ruido pudiera espantar lo que venía.
Los adultos se esforzaban por no llorar. Cada bocado sabía a despedida.
Cuando terminaron el postre —un flan casero que Milagro había quemado un poco en los bordes—, Amado apartó la silla. Se puso de pie.
—Quiero decir algo.
Todos se quedaron quietos. Hasta el reloj pareció callar.
Miró a cada una. A Gusty, con la boca manchada de caramelo. A Milagro, que ya tenía los ojos húmedos. A Vivi, pálida pero hermosa bajo la luz de la bombilla.
—Gracias por esta familia —dijo, con voz que apenas temblaba—. Por estos años. Por cada momento. Los buenos, los malos, todos. Los amo a todos. Más de lo que las palabras alcanzan.
Nadie pudo responder.
Milagro soltó un sollozo. Gusty corrió a abrazar las piernas de su papá. Vivi se levantó despacio y lo rodeó con los brazos, apoyando la cabeza en su pecho.
Se abrazaron los cuatro en medio de la sala, entre platos sucios y el olor a comida casera.
Lágrimas calientes, respiraciones entrecortadas.
Ninguno dijo nada más.
Solo se aferraron, como si soltarse significara perderlo todo.
Mañana empezaría lo inevitable.
Esa noche, aún eran una familia completa.
Editado: 01.02.2026