Capítulo 82: La sala de espera - buenas noticias
3:30 PM.
La sala de espera del cuarto piso parecía un campo de batalla emocional. Familias apiñadas en sillas de plástico, termos de café ya fríos, bolsas de comida a medio comer. Milagro caminaba de un lado a otro. Gusty se había quedado dormida en el regazo de la tía. Los primos y amigos hablaban en voz baja, como si el volumen pudiera alterar el destino.
Las puertas dobles del área quirúrgica se abrieron.
El cirujano principal de Vivi salió, aún con el gorro puesto, máscara colgando del cuello. Cara cansada pero serena.
La familia se levantó en bloque, como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible.
El doctor levantó las manos para calmar el murmullo.
—La operación de la señora Rivera fue un éxito. El hígado trasplantado está funcionando perfectamente. Todas las anastomosis vasculares y biliares se realizaron sin complicaciones. Produce bilis, la presión está estable, no hay signos de rechazo inmediato. Está en recuperación ahora.
Gritos de alegría estallaron. Abrazos. Lágrimas. Milagro soltó un sollozo largo y se abrazó a su tía. Gusty despertó sobresaltada y empezó a aplaudir sin entender del todo. Alguien gritó “¡Gracias a Dios!”. Otro soltó una risa nerviosa.
Milagro fue la primera en preguntar, con la voz rota:
—¿Y papá?
El cirujano bajó la mirada un segundo.
—Aún está en cirugía. Sigue el doctor Méndez y su equipo. Es más complejo de lo que esperábamos, hubo sangrado persistente. Estamos haciendo todo lo posible.
Se hizo un silencio pesado.
El doctor inclinó la cabeza.
—Les mantendremos informados.
Y se fue.
La celebración se cortó a la mitad. Abrazos que se volvieron más apretados, miradas que buscaban consuelo en los ojos ajenos. Nadie volvió a sentarse del todo. El alivio por Vivi chocaba contra la sombra que aún colgaba sobre Amado.
6 PM.
Quirófano 1.
Tres horas más de lucha desesperada.
El sangrado no cedía. Los coagulantes no respondían. La presión arterial caía a pesar de transfusiones masivas. El corazón de Amado empezó a fallar.
A las 6:47 PM, el monitor mostró línea plana.
El doctor Méndez declaró la hora de la muerte.
En quirófano, el equipo se detuvo un instante. Luego, con movimientos precisos y respetuosos, procedieron según el protocolo.
Amado había firmado el consentimiento para donación de órganos en caso de fallecimiento durante el procedimiento. Lo había hecho esa tarde, después de ver a los pacientes en UCI, después de que los familiares lo abrazaran y le suplicaran, después de que le ofrecieran dinero que él rechazó. Tenía esperanzas de vivir. Quería vivir. Pero firmó igual. Por si acaso.
Ahora el “por si acaso” había llegado.
Corazón. Riñones. Pulmones. Páncreas. Tejidos. Todo se extrajo con rapidez y cuidado. Cada órgano destinado a una persona que esperaba en otra parte del hospital o en otro centro. Vidas que se prolongarían gracias a él.
El cuerpo de Amado, ya sin órganos vitales, pasó a la morgue del hospital.
En la sala de espera, el coordinador de trasplantes y el doctor Méndez entraron juntos. Rostros graves.
Les informaron.
La firma existía. El consentimiento era legal, voluntario, testificado. Todo se había hecho correctamente.
Milagro sintió que el suelo se abría. Pensó en demandar, en gritar, en romper algo. ¿Cómo se atrevían a usar el cuerpo de su padre? ¿Cómo se atrevían los que lo habían convencido?
Pero no había nada que hacer. La firma estaba allí. Amado la había puesto con su propia mano.
La familia se derrumbó.
Vivi aún dormía en recuperación, ajena a todo.
El hígado que ahora latía dentro de ella era de Amado.
Y él ya no estaba.
El precio final se había cobrado.
Y nadie sabía cómo decírselo cuando despertara.
Editado: 01.02.2026