Capítulo 85: El cuerpo
Sótano del hospital.
La morgue era un lugar frío, sin ventanas, iluminado por luces fluorescentes que zumbaban como insectos atrapados. El aire olía a formol y a metal helado.
En una de las gavetas de acero, el cuerpo de Amado descansaba.
Etiqueta de cartón atada al dedo gordo del pie derecho.
“Rivera, Amado”.
Frío.
Solo.
Sin órganos vitales ya. Vacío por dentro, pero con la paz de quien había dado todo.
Mientras tanto, arriba, en el cuarto piso, su hígado latía fuerte dentro de Vivi. Dándole vida. Produciendo bilis. Filtrando toxinas. Cumpliendo la promesa que él no pudo decir en voz alta.
Tres días después.
Mientras Vivi dormía en su habitación del hospital, sedada y ajena, la familia organizó el funeral secreto.
Capilla privada en una funeraria pequeña, lejos del centro. Solo familia inmediata: Milagro, Gusty, la hermana de Vivi, dos primos cercanos. Nadie más. Ataúd cerrado. Nadie quería verlo así.
Milagro se paró frente al féretro. En las manos temblorosas sostenía la carta que Amado había escrito años atrás, la misma que guardaba en su cartera y que los médicos encontraron.
La leyó en voz alta, aunque la voz se le quebraba en cada palabra.
Era una carta de amor. De disculpa. De orgullo por sus hijas. De gratitud por los años con Vivi, aunque torcidos. De promesa de que, de alguna forma, siempre cuidaría de ellas.
Gusty no pudo hablar. Solo lloró, abrazada a su tía, con la cara hundida en su hombro.
El entierro fue rápido.
Cementerio privado, en las afueras. El dinero de las familias que habían recibido los órganos de Amado pagó todo: parcela alta, lápida de mármol lujosa, grabado profundo con su nombre y fechas. Flores hermosas, arreglos grandes que parecían fuera de lugar en un duelo tan callado.
Bajaron el ataúd.
Tierra sobre madera.
Paladas secas.
Milagro tiró una rosa roja. Gusty, un puñado de tierra que se le escapó entre los dedos.
Nadie rezó en voz alta. Solo silencio y lágrimas.
Cuando terminaron, regresaron al hospital.
A lavar las caras.
A cambiarse la ropa negra por colores neutros.
A practicar sonrisas falsas.
A continuar la mentira.
Vivi preguntaría pronto.
Y ellas tendrían que seguir diciendo que Amado estaba vivo.
En recuperación.
Luchando.
Para que el pedazo de él que ahora era parte de ella no se rechazara.
Para que la salvación no se convirtiera en veneno.
Regresaron al cuarto piso.
Milagro entró primero a la habitación de Vivi.
Sonrió lo mejor que pudo.
Y la mentira siguió viva.
Editado: 01.02.2026