Capítulo 87: "¿Cuándo lo veré?"
Cada día la misma pregunta.
Vivi despertaba más fuerte, más lúcida, y lo primero que salía de sus labios era:
—¿Cuándo veré a Amado?
Las hijas tenían las excusas listas, ensayadas frente al espejo del baño del hospital.
—Tuvo una infección leve, mamá. Mejor no arriesgar contagio.
—Necesita más tiempo en aislamiento. Los médicos son muy estrictos.
—Está mejorando, pero lo mantienen sedado para que descanse.
Vivi escuchaba. Asentía. Pero en sus ojos crecía una sombra de sospecha.
Sin embargo, quería creer.
Se aferraba a las mentiras como a un salvavidas.
Porque la verdad era impensable.
Semana uno.
Vivi ya caminaba por el pasillo, apoyada en el suero rodante. El color había vuelto a su cara, el paso era firme.
Una tarde agarró el brazo de Milagro.
—Llévame a su cuarto. Solo un momento.
Milagro sintió que el corazón se le detenía.
—No está en este piso, mamá. Lo tienen en UCI preventiva. Abajo.
Otra mentira más.
Vivi insistió, con voz suave pero decidida.
—Solo quiero verlo dormir. Desde la puerta. No hace falta entrar.
Gusty, que venía detrás, intervino rápido.
—Pronto, mamá. Pronto.
La palabra “pronto” empezó a sonar cruel. Vacía. Un eco que rebotaba en los pasillos blancos.
Los regalos fantasma.
La familia empezó a traer “cosas de Amado”.
Ramos de flores que “él había enviado desde su habitación”.
—Dijo que eran tus favoritas —mentía Milagro, entregando rosas rojas.
Tarjetas escritas a mano.
Milagro pasaba horas imitando la letra de su padre, esa letra grande, inclinada, que conocía de memoria.
“Mi amor, te recuperas hermoso. Me muero por abrazarte. Pronto estaremos juntos. Tu Amado.”
“Pienso en ti cada minuto. Sigue fuerte, que yo también lo estoy. Te amo más que nunca.”
Vivi leía las cartas una y otra vez. Las besaba despacio. Las doblaba con cuidado y las guardaba bajo la almohada.
Por las noches, dormía con ellas contra el pecho.
Como si fueran pedazos de él.
Como si, al abrazar el papel, pudiera abrazarlo a él.
Y en la oscuridad de su habitación, Vivi sonreía.
Creía.
Porque creer era lo único que le quedaba.
Y las hijas, desde el pasillo, se miraban con los ojos llenos de lágrimas.
Sabiendo que cada carta era una puñalada más.
Cada “pronto” una condena.
Cada mentira un paso más hacia el día en que todo se derrumbaría.
Pero seguían.
Porque aún no era tiempo.
Porque el hígado de Amado seguía trabajando dentro de ella.
Y no podían arriesgar que se detuviera.
Editado: 01.02.2026