Capítulo 91: Confronta a Milagro
Tarde cálida. El sol entraba por la ventana de la sala, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Vivi estaba sentada en el sofá, con una taza de té ya frío en la mano. Milagro entró de la cocina, secándose las manos en un trapo.
Vivi no levantó la vista al principio.
—¿Dónde están las cosas de tu padre?
Milagro se detuvo en seco. El trapo quedó colgando de sus dedos.
—Las… las llevamos al hospital. Para que esté cómodo. Su ropa, sus cosas personales…
Vivi levantó la cabeza. La miró fijo. Ojos claros, duros, sin parpadear.
—Mientes.
Milagro abrió la boca, pero no salió sonido. Bajó la mirada al piso. Las manos le temblaban.
—Mamá…
Vivi dejó la taza en la mesa con cuidado. Se puso de pie despacio.
—¿Está muerto?
Silencio.
Un silencio que pesaba toneladas.
Milagro sintió las lágrimas subirle como una ola. Los ojos se le llenaron en un segundo.
—Mamá, yo…
No pudo más.
Se quebró.
Un sollozo escapó de su garganta. Se cubrió la cara con las manos y salió corriendo hacia el pasillo. La puerta de su cuarto se cerró con un golpe sordo.
Vivi se quedó sola en la sala.
El sol seguía entrando, indiferente.
Se llevó la mano al abdomen. Al lugar exacto donde la cicatriz aún tiraba un poco.
Sabe.
De alguna forma, siempre supo.
Desde las excusas.
Desde las cartas demasiado perfectas.
Desde el clóset vacío.
Desde el lado frío de la cama.
Pero no quiso aceptarlo.
Porque aceptar significaba perderlo dos veces.
Se sentó de nuevo. Despacio. Como si el cuerpo pesara más que nunca.
Las lágrimas llegaron sin ruido. Gruesas. Calientes.
Rodaron por sus mejillas y cayeron sobre la blusa.
Se tocó el abdomen otra vez.
Donde estaba el hígado.
Su hígado.
El último regalo de Amado.
El anillo que el mar se llevó, devuelto en carne viva.
Para salvarla.
Para quedarse dentro de ella para siempre.
Y ahora lo entendía todo.
El precio.
La deuda pagada.
El amor que, al final, había sido más grande que sus errores.
Lloró en silencio.
Por él.
Por ellas.
Por lo que habían perdido.
Y por lo que, a pesar de todo, aún llevaba dentro.
Latendo fuerte.
Como si Amado, desde algún lugar, le dijera:
Todavía estoy aquí.
Todavía ella.
Editado: 01.02.2026