Capítulo 94: La negación
Los días se volvieron grises en la casa.
Vivi no comía. El plato que Milagro le ponía delante regresaba casi intacto a la cocina. No hablaba. Se sentaba en el sofá de la sala, o en la mecedora del porche, mirando un punto invisible en la pared o en el horizonte. Solo estaba. Presente en cuerpo, ausente en todo lo demás.
La familia andaba de puntillas. Gusty lloraba en silencio en su cuarto. Milagro no dormía, revisando cada hora si su madre había probado aunque fuera un sorbo de agua.
Los médicos vinieron a casa. Control de rutina, pero también preocupación real.
—La depresión puede afectar el trasplante —explicaron—. El estrés crónico eleva el riesgo de rechazo, aunque sea tardío. Necesita comer, moverse, tomar los inmunosupresores sin fallar.
Pero Vivi no quería vivir sin él.
¿Para qué?
El mundo seguía girando, pero el suyo se había detenido la tarde en que abrió la carta.
Milagro intentó una noche, después de la cena que Vivi ni tocó.
Se sentó a sus pies, en el suelo, como cuando era niña y pedía cuentos.
—Mamá, papá quería que vivieras. Por eso lo hizo. Todo.
Vivi miró por la ventana. La voz salió baja, amarga.
—Tu padre quería muchas cosas. No siempre fueron buenas para mí.
Milagro sintió el golpe, pero no retrocedió.
—Pero esto sí. Él murió para que tú vivieras. No lo desperdicies.
Vivi calló.
Largo rato.
Las palabras de Milagro quedaron flotando en el aire quieto.
No respondió.
No lloró.
Solo cerró los ojos un momento.
Pero algo resonó.
Muy adentro.
En el lugar donde el hígado de Amado latía constante, fuerte, recordándole cada segundo que él seguía allí.
Que la promesa no estaba rota del todo.
Que quizás, solo quizás, valía la pena intentarlo un día más.
Aunque el dolor fuera inmenso.
Aunque la cama siguiera fría de un lado.
Aunque el anillo, ahora completo en carne viva, pesara más que nunca.
Vivi no dijo nada.
Pero esa noche, por primera vez, tomó el vaso de agua que Gusty le dejó en la mesita.
Bebió un sorbo.
Pequeño.
Casi nada.
Pero un sorbo al fin.
Y en la cocina, Milagro lo vio.
Y lloró en silencio, abrazada a su hermana.
Porque sabía que la batalla no había terminado.
Pero quizás, solo quizás, su madre empezaba a querer ganarla.
Por él.
Por ellas.
Por lo que quedaba de “todavía ella”.
Editado: 01.02.2026