Capítulo 97: El sabor del mar
Renart salió del hospital cuatro días después. El médico le dio el alta con una sonrisa cansada y una lista interminable de medicamentos: inmunosupresores, antihipertensivos, aspirina diaria. “Cuídese mucho, señor Salazar. Ese corazón es un regalo. Trátelo bien”.
Se instaló en su apartamento pequeño en el centro de la ciudad. El mismo donde había vivido con Elena hasta que el cáncer se la llevó. Las paredes aún olían ligeramente a su perfume, aunque hacía tres años que ella no estaba. Renart no había cambiado nada. Ni las fotos en la repisa, ni la taza que ella usaba para el café, ni el lado vacío de la cama.
Se sentó en el sofá con una botella de agua. Bebió. El sabor le pareció extraño. Salado. Como si hubiera lamido el mar.
Frunció el ceño. Nunca le había gustado el agua salada. Elena solía bromear con eso: “Pareces niño, Renart, no bañas por el sabor salado del agua”.
Se levantó. Fue a la cocina. Abrió la nevera por costumbre. Nada le apetecía. Entonces lo vio: un coco fresco que había comprado semanas atrás, olvidado. Lo partió con un cuchillo. El agua salió clara, dulce, fresca.
Bebió directamente del coco.
Y cerró los ojos.
El sabor explotó en su lengua.
No era solo agua de coco.
Era felicidad pura.
Era arena caliente bajo los pies descalzos.
Era una risa de mujer que le llegaba desde algún lugar lejano.
Era la brisa salada, palmeras moviéndose, el sonido de olas como un latido constante.
Renart dejó el coco sobre la mesa.
Se sentó de nuevo. Respiró hondo.
El corazón latía fuerte, insistente.
No era su ritmo habitual. Era más vivo. Más urgente.
Como si estuviera buscando algo.
O a alguien.
Abrió el portátil. Tecleó con dedos torpes: “donante corazón Amado Rivera”.
La noticia apareció en la tercera página de resultados. Un artículo breve de un diario local, de hace seis meses.
“Hombre muere durante donación de hígado vivo para salvar a su esposa. Amado Rivera, donante voluntario. Su corazón, riñones y pulmones salvados gracias a su consentimiento previo”.
Foto pequeña. Un hombre de mirada seria, sonrisa tímida, bigote recortado.
Renart se acercó a la pantalla.
Lo miró fijamente.
Y sintió que el corazón daba un salto.
No era solo reconocimiento.
Era algo más extraño.
Como si ese hombre, desde algún lugar dentro de su pecho, le dijera:
“Todavía no terminé. Todavía hay algo que quedó pendiente”.
Renart cerró el portátil de golpe.
Se levantó. Caminó hasta la ventana. Afuera, la ciudad bullía indiferente.
Pero dentro de él, el mar seguía murmurando.
Editado: 01.02.2026