La Brujita Desastrosa

Capítulo 98

Capítulo 98: Flores para un extraño
Renart regresó al cementerio una semana después del alta. No sabía exactamente por qué. Solo que el sueño seguía repitiéndose cada noche: la playa, el vestido blanco, el anillo cayendo, y esa voz profunda del mar que prometía devolverlo algún día.
Cuando una vida se dé por amor.
Llegó a media tarde. El sol ya bajaba, tiñendo de dorado las lápidas. Caminó por el sendero de grava hasta la tumba de Amado Rivera.
Y se detuvo.
Sobre el mármol gris había flores frescas. Un ramo de lirios blancos, todavía con gotas de rocío, como si los hubieran puesto esa misma mañana. Al lado, un pequeño manojo de claveles rojos que él mismo había dejado la vez anterior, ahora marchitos.
Alguien venía con regularidad.
Renart miró alrededor. El cuidador del cementerio, un hombre mayor con uniforme desgastado y gorra, barría hojas secas a unos metros.
Se acercó.
—Disculpe —dijo—. ¿Sabe quién deja estas flores en esa tumba?
El cuidador levantó la vista, apoyó la escoba contra una lápida y se limpió las manos en el pantalón.
—Los beneficiados —respondió sin sorpresa—. El señor Rivera donó corazón, riñones, pulmones, corneas… Vienen seguido. Algunos cada semana. Dejan flores, rezan un rato. Dicen que le deben la vida.
Renart sintió un escalofrío que no venía del viento.
—¿Los beneficiados? —repitió, casi para sí mismo.
El hombre asintió.
—Uno de ellos estuvo aquí ayer. Un señor mayor, con claveles rojos. Dijo que sigue vivo gracias a él. Otro viene los martes, trae rosas blancas. Todos agradecen lo mismo.
Renart miró de nuevo la tumba. Los lirios blancos parecían brillar bajo la luz.
—Gracias —murmuró.
El cuidador se encogió de hombros y siguió barriendo.
Renart se quedó solo frente a la lápida.
Leyó el nombre una vez más: Amado Rivera.
Y debajo, la inscripción que aún no había leído con atención:
“Amor, finalmente encontré tu anillo”.
Las palabras le golpearon como una ola fría.
No entendía por qué, pero sintió que eran para él.
Que eran una respuesta.
Que el mar, en algún lugar lejano, ya había empezado a cumplir su promesa.
Se arrodilló despacio. Tocó la piedra fría con la palma abierta.
El corazón latió fuerte, casi doloroso.
Y en ese instante, sin saber cómo ni por qué, supo el nombre de la mujer del vestido blanco.
Vivi.
No lo había leído en ningún artículo. No lo había escuchado de nadie.
Simplemente lo supo.
Como si el corazón, desde dentro, se lo hubiera susurrado.
Renart se levantó. Miró el cielo que empezaba a teñirse de naranja.
Y desde que Elena se fue, sintió algo que no era vacío.
Era deuda, era agradecimiento.
Era la certeza de que tenía que encontrar a esa mujer.
Porque el anillo que el mar se llevó, tal vez ya estaba regresando.
Y él era el mensajero.
Aunque aún no supiera cómo.



#360 en Fantasía
#534 en Otros
#55 en Relatos cortos

En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.