Capítulo 99: El latido familiar
El sol de la tarde ya había empezado a bajar cuando Vivi llegó al cementerio, acompañada de Milagro y Gusty. Caminaban en silencio, como si las palabras pesaran demasiado para pronunciarlas. Vivi llevaba un ramo pequeño de margaritas blancas, las mismas que Amado solía recogerle del jardín cuando aún había jardín en su vida. Las hijas iban a su lado, una a cada mano, como guardianas silenciosas.
Llegaron a la tumba.
Y se detuvieron.
Sobre el mármol gris había flores frescas. Lirios blancos, todavía húmedos, como si los hubieran dejado esa misma mañana. Al lado, un manojo de claveles rojos ya algo marchitos.
Vivi sintió un nudo en la garganta. Miró a Milagro.
—¿Quién trae estas flores?
Milagro se encogió de hombros, pero sus ojos evitaron los de su madre.
Antes de que pudiera responder, un hombre apareció por el sendero de grava. Alto, de cabello entrecano, camisa sencilla planchada con cuidado. Llevaba otro ramo pequeño de claveles rojos. Se acercó con paso calmado, respetuoso.
Se detuvo frente a la tumba. Depositó las flores junto a las otras. Se persignó en silencio. Luego se volvió hacia ellas.
—Buenas tardes —dijo con voz serena—. Disculpen la interrupción. Me llamo Renart. Soy… uno de los beneficiados. El corazón de su esposo late aquí —tocó su pecho con la palma abierta—. Vengo a agradecerle. Cada mes.
Vivi lo miró fijamente. El mundo pareció detenerse un segundo.
Renart inclinó la cabeza, sin presionar.
—No quiero molestar. Solo… gracias. Por todo lo que hizo.
Gusty apretó la mano de Vivi. Milagro se quedó rígida, como si estuviera midiendo al hombre.
Vivi dio un paso adelante. Sin decir nada, extendió la mano. Renart la tomó con cuidado, pero ella no la soltó. En cambio, con la otra mano, tocó su pecho. Justo sobre el corazón.
Sintió el latido.
Fuerte. Constante. Familiar.
Era el mismo ritmo que había sentido en el pecho de Amado tantas noches, cuando se quedaban abrazados en silencio después de una pelea, después de hacer el amor, después de perdonarse sin palabras.
Las lágrimas le subieron a los ojos de golpe.
Renart no se movió. Solo dejó que ella sintiera. Su propia respiración se aceleró un poco, como si el corazón respondiera al toque.
Vivi soltó la mano despacio. Se limpió una lágrima con el dorso de la suya.
—Gracias —susurró—. Gracias por venir.
Renart asintió.
—Si alguna vez necesita algo… cualquier cosa… trámites, compañía, lo que sea… aquí estoy. No es mucho, pero…
Vivi negó con la cabeza. Su voz salió firme, aunque temblorosa.
—No hace falta. Gracias de todos modos.
Renart no insistió. Inclinó la cabeza una vez más y se alejó por el sendero, dejando atrás el perfume de los claveles.
Vivi se quedó mirando la tumba.
Milagro se acercó.
—Mamá…
Vivi no respondió. Solo tocó la lápida con los dedos.
Y en su abdomen, el hígado de Amado latió una vez, fuerte, como un eco.
Como si dijera:
Todavía estoy aquí.
Y él también.
Vivi cerró los ojos.
Las margaritas cayeron sobre la piedra.
No sintió un simple dolor.
Sintió algo más.
Algo que empezaba a parecerse a esperanza.
Aunque aún no se atreviera a nombrarlo.
Editado: 01.02.2026