Capítulo 100: La propuesta inesperada
El sol ya empezaba a esconderse detrás de las lápidas cuando otro hombre se acercó por el sendero de grava. Era mayor que Renart, cerca de los setenta, pero caminaba con paso firme, apoyado en un bastón de madera oscura. Llevaba un ramo de rosas amarillas.
Se detuvo frente a la tumba de Amado. Depositó las rosas con cuidado, junto a los lirios y claveles. Se quedó un momento en silencio, con la cabeza baja.
Luego giró hacia Vivi y sus hijas.
—Buenas tardes —dijo con voz ronca pero cálida—. Usted debe ser la esposa del señor Rivera. Soy don Esteban. Mi hijo recibió uno de los riñones. Gracias a eso, mi nieto de ocho años sigue vivo. Si no fuera por su esposo…
Hizo una pausa. Los ojos se le humedecieron.
Vivi sintió que el aire se le atoraba.
Don Esteban respiró hondo.
—Amado no aceptó dinero cuando mi familia le ofreció. Dijo que no lo hacía por eso. Que solo quería salvar a su mujer. Pero… hay formas de agradecer que no se pagan con billetes.
Miró directamente a Milagro, que estaba al lado de Vivi.
—Mi hijo Pablo es viudo hace cuatro años. Tiene cuarenta y ocho. Buen hombre. Trabaja duro, es serio, responsable. Tiene un hijo pequeño, Mateo, el mismo que vive gracias a ese riñón. Pablo nunca ha vuelto a casarse.
Hizo otra pausa.
—Le propongo algo que quizás suene anticuado… pero es lo más honesto que se me ocurre. Pablo está dispuesto a casarse con su hija mayor —miró a Milagro—. No por obligación. Por gratitud. Porque su padre le dio vida a su hijo, y por extensión a mi nieto. Pablo dice que, si ella lo acepta, él la cuidará el resto de sus días. A ella y a su familia. Como Amado hubiera querido que las cuidaran.
Silencio absoluto.
Milagro abrió mucho los ojos, incrédula.
—¿Casarme? ¿Con un desconocido?
Gusty miró a su hermana, luego a su madre.
Don Esteban levantó la mano, conciliador.
—No ahora. No así. Solo piénsenlo. Pablo vendrá mañana si quieren verlo. Sin presiones. Solo para hablar. Para que sepa que hay alguien dispuesto a estar al lado de su hija, a cuidar de ustedes, como agradecimiento eterno.
Vivi miró la lápida.
“Amor, finalmente encontré tu anillo.”
Tocó su abdomen. Sintió el latido del hígado de Amado, cálido, vivo.
Y por un segundo, muy breve, sintió que él le susurraba desde dentro:
“Si alguien quiere cuidar de las niñas… déjalo. Yo ya pagué mi parte. Ahora déjalas vivir”.
Vivi levantó la vista hacia don Esteban.
—No prometo nada —dijo con voz firme—. Pero… tráigalo mañana. Solo para hablar.
Don Esteban sonrió, aliviado.
—Gracias. Dios los bendiga a todos.
Se dio media vuelta y se alejó despacio.
Vivi se quedó mirando la tumba.
Milagro se acercó, con la voz temblorosa.
—Mamá… ¿estás loca? ¿Casarme con el hijo de un desconocido porque es adinerado y papá le salvó la vida a su nieto? ¿Tenemos que aceptar una “recompensa” matrimonial?
Vivi no respondió.
Solo tocó la inscripción una vez más.
Y en su pecho, en algún lugar que aún no entendía, sintió que el anillo perdido empezaba, muy despacio, a regresar.
No como oro.
Sino como una nueva posibilidad.
Una que ya no dependía solo de Amado.
Sino de ellas.
Y de lo que decidieran hacer con el resto de sus vidas.
Editado: 01.02.2026