Capítulo 101: El encuentro en la casa
La lluvia fina seguía cayendo cuando el auto negro de don Esteban se detuvo frente a la casa. No era un coche lujoso, pero sí discreto y bien cuidado, con vidrios polarizados y llantas que hablaban de mantenimiento constante. De él bajó primero don Esteban, con su bastón de madera oscura y un abrigo que parecía caro sin gritarlo. Detrás salió Pablo: alto, de hombros anchos, traje gris oscuro impecable pero sin corbata, reloj discreto en la muñeca izquierda. No llevaba el aspecto de un obrero. Llevaba el de un hombre que dirigía negocios, que tomaba decisiones todos los días.
Vivi los recibió en la sala. La casa olía a café recién hecho y a pan que Milagro había horneado esa mañana, como si necesitara algo que hacer con las manos para no explotar.
—Pasen, por favor —dijo Vivi, con voz calmada pero firme—. Siéntense.
Pablo saludó con un gesto corto de cabeza. No sonrió demasiado. Sus ojos eran oscuros, serios, pero no fríos. Se sentó en el borde del sofá, como si temiera ocupar demasiado espacio.
Don Esteban habló primero, rompiendo el silencio pesado.
—Gracias por recibirnos. Pablo quería conocerlas. No hay presión. Solo queremos que sepan que estamos agradecidos… y que la gratitud puede ser más que palabras.
Pablo miró a Vivi, luego a Milagro, que estaba de pie junto a la puerta con los brazos cruzados.
—Señora Rivera… Milagro… —empezó Pablo, con voz baja pero clara—. No sé cómo decir esto sin que suene mal. Mi padre me contó lo que hizo su esposo. Mi hijo Mateo… tiene ocho años. Sin ese riñón, no estaría aquí. Yo perdí a mi esposa hace cuatro años. No busco reemplazar nada. Solo… si alguna vez pensaran que una unión así podría traer estabilidad, seguridad… yo estoy dispuesto.
Milagro soltó un bufido corto.
—¿Estabilidad? ¿Seguridad? ¿Me está pidiendo que me case con usted porque mi papá le salvó la vida a su hijo?
Pablo no bajó la mirada.
—No se lo estoy pidiendo. Solo se lo ofrezco. Si no quiere, no pasa nada. Pero si algún día lo considera… yo estaría ahí. Para usted. Para sus hermanas. Para su madre. Tengo los medios para que no les falte nada. Nunca más.
Vivi intervino, suave pero firme.
—Pablo… gracias por venir. Y gracias por ser honesto. Pero esto no es algo que se decide en una tarde.
Pablo asintió.
—Lo entiendo.
Don Esteban se levantó con ayuda del bastón.
—No queremos molestar más. Solo… piénsenlo. Sin prisa. Si algún día quieren hablar, aquí estamos.
Pablo se puso de pie también. Miró una vez más a Milagro.
—No espero respuesta hoy. Ni mañana. Solo quería que supieran que existe la posibilidad.
Salieron en silencio. El auto se alejó bajo la lluvia.
Milagro cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
—Mamá… no puedes estar considerando esto en serio.
Vivi se sentó despacio en el sofá. Tocó su abdomen. El hígado latió una vez, cálido, como un susurro.
—No estoy considerando nada todavía —dijo—. Pero tu padre siempre dijo que si alguien quería cuidarnos… que lo dejáramos. Él ya pagó su parte.
Milagro se acercó. Se arrodilló frente a ella.
—No soy una recompensa, mamá. No quiero ser la moneda de cambio para que alguien nos “deba” algo.
Vivi le tomó la mano.
—No lo eres. Nadie te obliga a nada. Pero… ¿y si un día quisieras considerar una vida diferente? Una donde alguien te cuide, sin pedirte que olvides quién eres.
Milagro negó con la cabeza.
—No lo sé. Necesito tiempo. Mucho tiempo.
Vivi asintió.
—Tiempo es lo que tenemos ahora. Y es lo único que no le podemos quitar a tu padre.
Gusty, que había escuchado todo desde la cocina, entró despacio.
—¿Y si Pablo es bueno? —preguntó bajito—. ¿Y si solo quiere ayudar?
Milagro miró a su hermana menor.
—No lo sé, Gusty. Pero si algún día digo que sí… será porque yo lo quiero. No porque alguien sienta que me debe algo.
Vivi sonrió débilmente. Tocó la mejilla de Milagro.
—Esa es mi niña.
La lluvia seguía cayendo afuera.
Dentro de la casa, tres mujeres respiraban el mismo aire cargado de preguntas.
Y en algún lugar de la ciudad, Renart, sin saberlo, sentía que el corazón latía más rápido.
Como si supiera que el tiempo se estaba acabando.
Y que la mujer del vestido blanco aún no había encontrado lo que el mar prometió devolver.
Editado: 01.02.2026