Capítulo 103: Los sueños que se cruzan
Esa noche Renart durmió mal. El corazón nuevo latía con una cadencia que no lograba acostumbrar. Se despertó varias veces con la sensación de que alguien caminaba a su lado. Cuando por fin cayó en un sueño profundo, Elena apareció.
Estaban paseando por el parque viejo donde solían ir los domingos. Elena llevaba el vestido azul que tanto le gustaba, el que compraron en la feria de verano. Reía mientras señalaba los árboles que habían plantado juntos. “Mira, Renart, ya están más altos que nosotros”. Él le tomaba la mano, sentía el calor de sus dedos, el olor a su perfume de vainilla. Caminaron por la avenida principal, pasaron por la heladería donde siempre pedían dos conos de chocolate, subieron a la colina desde donde se veía la ciudad al atardecer.
Todo era perfecto. Todo era como antes.
Hasta que, a mitad del sueño, Elena se detuvo. Lo miró con ojos que ya no eran solo suyos.
—Te tengo que dejar ahora —dijo suavemente—. Pero él sigue caminando contigo.
Y desapareció.
El paisaje cambió.
Ahora Renart era otro hombre. Más bajo, con bigote recortado, camisa blanca remangada. Caminaba por una calle empedrada de un pueblo que nunca había visto. Al lado iba una mujer joven, de vestido blanco sencillo, con el cabello suelto y una sonrisa tímida. No era Elena. Era otra. Vivi.
Caminaron hasta un pequeño puente de madera sobre un río tranquilo. El agua corría despacio debajo, reflejando el cielo naranja del atardecer.
El sueño se desvaneció en olas de calor y promesas.
Renart despertó con el pecho ardiendo. Se sentó en la cama. El corazón latía tan fuerte que pensó que iba a romperse.
No era su corazón.
Era el de Amado.
Y en ese latido, había una urgencia que no podía ignorar más.
Al día siguiente, Renart fue directamente a la casa de Vivi. No llamó antes. No pensó en qué diría. Solo sabía que tenía que verla.
Vivi abrió la puerta. Estaba pálida, pero serena. Lo reconoció al instante.
—Renart…
Él entró sin pedir permiso. Se detuvo en la sala. Miró alrededor como si buscara algo.
—Soñé con Amado —dijo sin preámbulos—. Anoche. Caminábamos juntos. Pero no era yo. Era él. Paseaba con usted por lugares que nunca he visto. Una calle empedrada. Un puente de madera sobre un río. Un autobús viejo. Y… usted llevaba un vestido blanco.
Vivi se llevó la mano al pecho. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Yo también soñé lo mismo —susurró—. Anoche. Caminábamos por el parque, por la avenida, por la heladería… pero luego cambié. Yo era más joven. Él me llevaba de la mano. Al puente. Al autobús. Y me decía… me decía que me haría feliz siempre.
Silencio.
Los dos se miraron.
El aire entre ellos se volvió espeso, cargado.
Renart dio un paso adelante.
—No entiendo qué está pasando —dijo—. Pero ese corazón… late como si me conociera a usted. Como si tuviera que terminar algo que Amado empezó.
Vivi tocó su abdomen. El hígado latió en respuesta.
—Tal vez —dijo con voz temblorosa— no terminó nada. Tal vez solo… cambió de forma.
Renart levantó la mano. No la tocó. Solo la dejó suspendida en el aire, como si temiera romper algo frágil.
—¿Quiere que sigamos hablando? —preguntó—. ¿O prefiere que me vaya?
Vivi cerró los ojos un segundo. Sintió el latido doble: el corazón de Amado en el pecho de Renart, y el suyo propio acelerado.
—No se vaya —dijo al fin—. Entre. Tenemos mucho de qué hablar.
Y en ese momento, en la sala humilde de la casa, bajo la luz de la tarde que entraba por la ventana, algo empezó a moverse.
No era solo un eco.
Era una continuación.
La prueba de que el amor sobrevive a la cirugía.
Y el mundo parecía dispuesto a seguir girando.
Editado: 01.02.2026