Capítulo 104: Detalles que solo él sabía
La sala estaba en penumbra, con la luz de la tarde filtrándose por las cortinas finas. Vivi se sentó en el sofá viejo, con las manos apretadas en el regazo. Renart se quedó de pie un momento, como si no supiera dónde ubicarse, y al final tomó la silla frente a ella.
No hubo saludos largos. No hizo falta.
Renart habló primero, con voz baja, casi avergonzada.
—No sé cómo explicarlo, pero… hay cosas que sé de usted. De su casa. De su vida con Amado. Cosas que no debería saber.
Vivi levantó la mirada. El pulso se le aceleró.
—¿Qué cosas?
Renart respiró hondo.
—Sé dónde guardaba las herramientas. En el armario alto de la cocina, detrás de las ollas grandes, en una caja de metal verde con óxido en las bisagras. Ahí estaban el martillo, los destornilladores y esa llave inglesa que siempre se le caía de las manos cuando intentaba arreglar algo.
Vivi palideció. Esa caja verde era la que Amado había traído de su padre. Nadie más la conocía. Ni siquiera las hijas la habían abierto nunca.
Renart continuó, como si las palabras le salieran solas.
—Sé cómo le gustaba el café. Dos cucharadas de azúcar, pero solo si el café era de olla, no de cafetera. Lo tomaba en esa taza blanca con una grieta en el asa, la que nunca tiró porque decía que era “de buena suerte”. Y siempre lo dejaba enfriar un poco antes de beberlo, porque odiaba quemarse la lengua.
Vivi se llevó la mano a la boca. Las lágrimas asomaron sin permiso.
—Esas cosas… nadie las sabe —susurró—. Solo él y yo.
Renart bajó la vista.
—No las sé por mí. Las sé porque… él las sabía. Y ahora yo las siento como si fueran mías. Como si hubiera vivido en esta casa. Como si hubiera pasado años aquí, arreglando goteras, tomando café contigo en silencio.
Vivi se levantó despacio. Caminó hasta la cocina. Abrió el armario alto. Sacó la caja verde. La abrió. Ahí estaba todo: martillo, destornilladores, la llave inglesa.
Volvió a la sala con la caja en las manos. La puso sobre la mesa entre ellos.
—Era de su padre —dijo con voz temblorosa—. Amado nunca la dejaba en otro lugar.
Renart tocó la caja con dos dedos. El metal estaba frío, pero su pecho ardía.
—Él está aquí —dijo Vivi, casi para sí misma—. No se fue del todo. Se quedó… en usted.
Renart levantó la mirada.
—No sé si soy yo o él quien quiere estar cerca de usted. Pero no puedo dejar de pensar en usted desde que desperté. No puedo dejar de sentir que tengo que… cuidarla. Protegerla. Como él lo hizo.
Vivi se sentó de nuevo. Más cerca esta vez. Sus rodillas casi se tocaban.
—Entonces quédese —dijo—. Quédese y hablemos. Porque yo también siento que él no me dejó sola.
En ese momento, la puerta principal se abrió de golpe.
Milagro entró con la bolsa del mercado en la mano. Se detuvo en seco al ver a Renart sentado frente a su madre, tan cerca, con la caja verde sobre la mesa.
—¿Qué hace él aquí? —preguntó, con voz afilada.
Vivi se levantó rápido.
—Milagro, es Renart. El del corazón…
—Lo sé quién es —cortó Milagro—. Pero ¿qué hace en nuestra sala? ¿Hablando de papá como si lo conociera?
Renart se puso de pie, respetuoso.
—No quería molestar. Solo…
Milagro dejó la bolsa en la mesa con fuerza.
—No necesitamos que venga a “sentir” cosas de papá. No necesitamos que venga a llenar su lugar. Ya tuvimos suficiente con todo lo que pasó.
Vivi intervino.
—Milagro, basta. Él no está reemplazando a nadie.
Milagro miró a su madre, luego a Renart. Los ojos le brillaban de rabia y algo más. Celos. Miedo. Dolor.
—Se nota que se llevan bien —dijo con sarcasmo—. ¿Ya le contó todo sobre papá? ¿Ya le dijo cómo era cuando estaba vivo? ¿O solo le dijo lo bueno?
Renart bajó la cabeza.
—No vine a causar problemas.
Milagro soltó una risa amarga.
—Pues ya los causó. Porque ahora mi mamá lo mira como si viera a papá en usted. Y eso… eso duele.
Vivi se acercó a su hija.
—Milagro…
—No —cortó ella—. No me diga que no. Porque sí duele. Duele que papá se haya ido y ahora venga un extraño a decir que siente lo que él sentía. Que sabe lo que él sabía. Que quiere lo que él quiso.
Renart dio un paso atrás.
—Perdón. Me voy.
—No —dijo Vivi—. Quédese. Milagro… siéntate. Hablemos. Todos.
Milagro negó con la cabeza.
—No. No quiero hablar. No quiero ver cómo mi mamá se enamora de un fantasma.
Y salió de la sala. La puerta del pasillo se cerró con fuerza.
Vivi se quedó mirando el vacío.
Renart se acercó despacio.
—Tal vez debería irme.
Vivi negó.
—No. Quédese. Porque si se va ahora… ella pensará que ganó. Y no se trata de ganar o perder. Se trata de seguir viviendo.
Renart miró la puerta cerrada.
Y el corazón latió una vez más.
Fuerte.
Insistente.
Como si dijera:
Todavía no terminé.
Todavía hay mucho que hacer.
Y en la cocina, Milagro se apoyó contra la encimera, con las manos temblando.
Sabía que su madre tenía razón.
Pero también sabía que en mucho tiempo, su madre sonreía de verdad.
Y eso la asustaba más que nada.
Editado: 01.02.2026