La Brujita Desastrosa

Capítulo 105

Capítulo 105: La sombra en la ventana

La noche cayó sobre el pueblo con una pesadez inusual. Vivi no podía dormir; las noticias en la televisión hablaban de una ola de asaltos en la zona, y el sonido de una moto merodeando la calle la mantenía en alerta. Se asomó por la cortina y vio a dos hombres detenidos frente a su reja, señalando hacia la puerta principal. El corazón le dio un vuelco. Estaba sola con sus hijas, y la casa, sin Amado, se sentía como una cáscara frágil.

Buscó el teléfono. Pensó en la policía, pero sabía que tardarían horas. Pensó en los vecinos, pero todos estaban igual de asustados. Entonces, una punzada cálida nació en su abdomen, justo donde el hígado de Amado ahora era parte de ella. Fue como un susurro sin voz, una dirección clara: *Llámalo a él. Él tiene mi fuerza.*

Vivi marcó el número de Renart con los dedos temblando.

—¿Renart? Soy Vivi. Perdón por la hora, pero... hay hombres afuera. Tengo miedo.

No tuvo que decir nada más. Veinte minutos después, el auto de Renart se estacionó frente a la casa. Los hombres de la moto, al ver llegar a alguien, arrancaron perdiéndose en la oscuridad. Renart bajó del auto con una determinación que no parecía suya; caminaba con el pecho inflado, con la mirada dura, como si conociera cada rincón de esa acera.

—No se preocupe, Vivi. Ya se fueron —dijo él, entrando a la sala. Su voz sonaba más profunda, más segura—. No puedo dejar que se queden solas así. Si usted me lo permite... puedo quedarme en el sofá estas noches. Solo hasta que las cosas se calmen.

Vivi asintió, sintiendo un alivio que la avergonzaba. Pero Milagro, que había bajado al escuchar el ruido, estalló.

—¡Mamá, esto es una locura! —gritó Milagro, cruzándose de brazos—. ¿Vas a meter a un extraño a dormir en la sala? ¿Porque dos tipos pasaron en una moto? ¡No lo conocemos!

—Milagro, no tenemos a nadie más —respondió Vivi con una firmeza que sorprendió a su hija—. Tu padre no está, y este hombre... este hombre vino apenas lo llamé. Se queda. Es por nuestra seguridad.

Milagro miró a Renart con puro fuego en los ojos.

—Esto es lo que querías, ¿no? Encontraste la excusa perfecta para meterte en nuestra casa.

Renart no se inmutó. La miró con una calma que parecía familiar.

—No busco excusas, Milagro. Solo busco que tu madre pueda dormir tranquila.

Esa noche, Renart se instaló en el sofá. El sueño lo venció rápido, pero no fue un descanso normal.

En su habitación, Vivi soñó con Amado. Lo vio de pie junto a la puerta del patio. "Vivi, la cerradura está floja", le decía él en el sueño. "Y el grifo de la cocina va a inundar todo si no lo aprietas. Duerme, yo me encargo".

A la mañana siguiente, Vivi bajó a la cocina. Se quedó helada. La cerradura del patio, que llevaba semanas bailando, estaba firme y reluciente. El grifo, que goteaba sin parar, estaba seco y ajustado.

Miró hacia la sala. Renart seguía dormido en el sofá. Tenía las manos manchadas de una grasa negra y un destornillador viejo —el de la caja verde— descansaba en el suelo, justo al lado de sus pies.

Vivi se llevó la mano a la boca. Él lo había hecho. Sin que ella lo viera, había hecho exactamente lo que Amado le prometió en el sueño.

Se acercó despacio. Tocó con un dedo la herramienta. Aún estaba tibia.

Luego miró a Renart. Dormía profundamente, con una expresión de paz que no había visto antes en él.

Y en ese instante, Vivi supo algo con una certeza que le apretó el pecho:

Amado no se había ido del todo.

Se había quedado.

Y ahora, desde el pecho de otro hombre, seguía cuidando de ellas.

Como siempre había prometido.

Vivi se sentó en la silla más cercana. No lloró. Solo respiró hondo.

Y por primera vez desde que él se fue, sintió que la casa ya no era tan frágil.

Porque ya no estaba sola.

Porque él todavía estaba allí.

Todavía cuidando.

Todavía protegiendo.

Desde dentro de Renart.

Desde dentro de ella.

Y desde algún lugar que nadie podía ver, pero que todos empezaban a sentir.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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