La Brujita Desastrosa

Capítulo 106

Capítulo 106: Las manos de otro hombre

El primer rayo de sol entró por la ventana de la sala, iluminando a Renart en el sofá. Se despertó con una sensación de agotamiento físico, como si hubiera corrido un maratón. Al estirarse, sintió algo frío en la palma de la mano.

Se sentó de golpe. Sus manos estaban cubiertas de una grasa negra y espesa. Al lado del sofá, el destornillador de la caja verde descansaba en el suelo.

—Vivi… —murmuró Renart, justo cuando ella entraba a la sala con dos tazas de café.

Él levantó las manos, mostrándoselas con asombro y un rastro de miedo.

—Tuve un sueño extrañísimo. Soñé que Amado me despertaba y me decía que la cerradura del patio estaba floja. Soñé que me levantaba, buscaba las herramientas y me ponía a trabajar en la oscuridad. Pero fue tan real… mírame las manos. No entiendo cómo terminó esa grasa aquí.

Vivi se detuvo en seco. Miró la cerradura del patio —ahora perfecta— y luego las manos de Renart. El corazón le dio un vuelco. No era un sueño; él lo había hecho mientras su mente dormía. Él era el cuerpo, pero la voluntad era de Amado.

Sin embargo, Vivi respiró hondo y forzó una expresión de calma. No podía asustarlo más. No todavía.

—Seguro tocaste algo anoche al llegar y no te diste cuenta, Renart —dijo ella, evitando su mirada mientras le entregaba el café—. Los sueños a veces nos confunden. No le des más vueltas.

Renart la miró confundido, frotándose la grasa con un pañuelo.

—Pero la cerradura… juraría que la arreglé yo.

—Debió ser mi imaginación, quizás no estaba tan mal —mintió Vivi, ocultando el temblor de sus manos.

En ese momento, se escucharon los pasos de Milagro bajando las escaleras. El ambiente se volvió gélido de inmediato. Vivi tomó una decisión rápida.

—Renart… es mejor que te vayas ahora —susurró Vivi—. Milagro no va a dejar de molestar si te ve aquí desayunando. No quiero más peleas en esta casa. Gracias por cuidarnos anoche, pero por favor, vete antes de que ella entre a la cocina.

Renart asintió, sintiéndose de pronto como un extraño en un lugar que sus manos parecían conocer demasiado bien. Se levantó, tomó su chaqueta y caminó hacia la puerta.

—Vivi —dijo antes de salir—, si vuelvo a soñar con él… ¿te lo cuento?

Vivi lo miró con una mezcla de ternura y tristeza.

—Solo si tú quieres, Renart. Ve con cuidado.

Él salió y el motor de su auto se alejó. Vivi se quedó sola en la cocina, mirando la cerradura arreglada. Sabía que no podía decírselo a nadie, mucho menos a Milagro. Pero ahora tenía una certeza que la quemaba por dentro: Amado no solo estaba en el pecho de ese hombre. Amado estaba tomando el control.

Y lo peor —o lo mejor— era que no sabía si eso la aterrorizaba o la consolaba.

Porque si Amado seguía vivo en Renart, entonces quizás nunca la había dejado sola.

Y si nunca la había dejado sola… entonces ella tampoco podía dejarlo ir.

Ni siquiera ahora.

Ni siquiera cuando otro hombre dormía en su sofá.

Ni siquiera cuando las manos de ese hombre arreglaban lo que Amado había prometido arreglar.

Vivi cerró los ojos. Tocó su abdomen. El hígado latió una vez, cálido, firme.

Como si dijera:

"Todavía estoy aquí."

"Y todavía cuido de ti."

"Aunque ahora sea con otras manos."

Y Vivi sintió que las lágrimas no eran solo de dolor.

Eran también de algo que empezaba a parecerse a gratitud.

Aun cuando doliera.

Aun cuando asustara.

Aun cuando Milagro nunca lo entendiera.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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