La Brujita Desastrosa

Capítulo 108

Capítulo 108: Otros caminos para la gratitud

Milagro se había ido, pero el ambiente en la sala seguía cargado. Mateo jugaba en un rincón con unos viejos cubos de madera, ajeno a la tensión de los adultos. Gusty, siempre la más práctica y observadora, se sentó frente a Pablo y le sirvió un poco más de café con un movimiento lento, casi ceremonioso.

—No la tome a mal, Pablo —dijo Gusty en voz baja—. Milagro es la que más sufrió con la partida de papá. Ella siente que aceptar su ayuda es como ponerle precio al sacrificio de él. Entiéndala, por favor.

Pablo asintió con una seriedad respetuosa, mirando la taza humeante como si allí estuviera la respuesta.

—Lo entiendo, Gusty. Mi padre fue muy directo con su propuesta, pero mi familia no busca comprar a nadie. Solo queremos asegurar que las personas que amó el hombre que salvó a mi hijo estén protegidas.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Milagro había regresado, quizás porque olvidó algo o porque su propia inquietud no la dejaba caminar tranquila. Se detuvo en el umbral de la sala y miró a Gusty y a Pablo con una sonrisa cargada de sarcasmo.

—¡Qué bonita escena! —soltó Milagro, cruzando los brazos—. Ya que te preocupa tanto el futuro de la familia y te parece tan buena la idea, Gusty... ¿por qué no tomas tú la oferta? Cásate tú con él y así todos los problemas se solucionan. Total, tú siempre has sido la más "razonable".

Sin esperar respuesta, Milagro subió las escaleras a zancadas y cerró la puerta de su cuarto con un estruendo que hizo temblar las ventanas.

El silencio que quedó fue incómodo, pero Gusty no bajó la mirada. Se volvió hacia Pablo, que parecía apenado por la explosión de su hermana.

—Ella está muy herida —insistió Gusty—. Pero... yo no pienso como ella. Yo sí creo que la gratitud es un puente, no una cadena.

Pablo la miró con curiosidad, casi con sorpresa.

—Gusty, eres muy joven. Mi padre propuso el matrimonio conmigo porque soy quien encabeza la familia ahora, pero si tú estuvieras abierta a conocer a alguien... bueno, tengo primos y sobrinos. Hombres jóvenes, profesionales, solteros. Si el problema es la edad o la falta de afinidad con alguien como yo, hay otros en la familia que estarían honrados de cuidar este lazo con ustedes.

A Gusty le brillaron los ojos. No era ambición, era una mezcla de curiosidad y la posibilidad de un futuro que no incluyera el miedo a la pobreza.

—Eso suena... mucho más sensato —admitió Gusty con una sonrisa tímida—. Estaría genial conocer a alguien más cercano a mi edad. Alguien con quien se pueda empezar desde cero, sin tanto peso encima.

Pablo sonrió de verdad por primera vez en la tarde. Una sonrisa cálida, casi paternal.

—Se lo diré a don Esteban. Mi padre estará encantado de organizar una cena o una reunión. Él disfruta mucho de juntar a la familia. Buscaremos a los mejores candidatos para presentártelos.

Vivi, que escuchaba desde la cocina con la taza de café olvidada en la mano, sintió una mezcla de alivio y melancolía. El hígado de Amado latió con una suavidad reconfortante. Era como si él, desde algún lugar, estuviera de acuerdo: si el sacrificio de sus órganos iba a abrirle puertas a sus hijas, entonces su muerte no había sido un final, sino una siembra.

Mateo levantó la vista desde sus cubos y miró a Gusty.

—¿Vas a ser mi tía? —preguntó con inocencia total.

Gusty rio bajito, un sonido que rompió la tensión.

—Tal vez algún día, Mateo. Pero primero... vamos a jugar un rato más.

Vivi se acercó a Pablo. Le puso la mano en el hombro, un gesto breve pero sincero.

—Gracias por venir. Y gracias por no presionar. Haga lo que haga Gusty, hágalo con el corazón. Es lo único que Amado siempre pidió.

Pablo asintió, con los ojos húmedos.

—Lo haremos, señora Rivera. Lo haremos.

Cuando Pablo y Mateo se fueron, Vivi se quedó en la puerta mirando el auto alejarse. Gusty se acercó por detrás y le apoyó la cabeza en el hombro.

—Mamá... ¿crees que estoy loca por considerar esto?

Vivi la abrazó.

—No estás loca, hija. Estás viva. Y eso es lo que tu padre siempre quiso para ustedes.

Arriba, en su cuarto, Milagro escuchaba todo con la oreja pegada a la puerta. Las lágrimas le rodaban silenciosas.

No era solo rabia.

Era miedo.

Miedo de que su familia siguiera adelante sin ella.

Miedo de que el sacrificio de su padre terminara convirtiéndose en una cadena que nunca pidió cargar.

Pero sobre todo... miedo de que, al final, tuviera que elegir entre el recuerdo de Amado y la posibilidad de un futuro que no doliera tanto.

Y en ese silencio, el eco de Amado latió una vez más.

No en el pecho de Renart.

No en el abdomen de Vivi.

Sino en el corazón herido de su hija mayor.

Como si le dijera:

Todavía estoy aquí.

Y todavía cuido de ti.

Aunque ahora sea desde lejos.

Aunque ahora duela.

Pero no te quedes atrás, Milagro.

Ven con las demás.

El puente ya está construido.

Solo tienes que cruzarlo.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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