La Brujita Desastrosa

Capítulo 109

Capítulo 109: El peso de Magnus

La finca de don Esteban era todo lo que la familia Rivera no estaba acostumbrada a ver: mesas largas cubiertas de manteles de lino blanco, mozos con guantes moviéndose con discreción, fuentes de plata con frutas exóticas y tres jóvenes candidatos —primos lejanos de Pablo— que se esforzaban demasiado por parecer encantadores. Uno era arquitecto y hablaba de diseños sustentables; otro, abogado, citaba casos famosos con sonrisa ensayada; el tercero, ingeniero, intentaba impresionar con anécdotas de proyectos internacionales. Todos pulcros, perfumados, con manos sin cicatrices.

Gusty estaba en su elemento, riendo ante las bromas del arquitecto, con las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes. Milagro, en cambio, se mantenía en una esquina del jardín, con una copa de vino que apenas probaba, observando todo con sospecha. No quería estar allí, pero una curiosidad punzante —mezcla de rabia y desafío— la había obligado a asistir.

—¿Y bien? —le susurró Gusty acercándose un momento—. El de la camisa azul parece muy interesado en ti.

—Es un niño, Gusty —respondió Milagro con desdén, dando un sorbo pequeño—. Todos aquí parecen sacados de una revista de modas. No tienen ni una cicatriz en las manos.

En ese momento, el aire pareció cambiar de densidad. Los perros de la finca, que ladraban a lo lejos, se quedaron callados de golpe. Un hombre cruzó el jardín con paso pesado y rápido, ignorando por completo la decoración, la música suave y las conversaciones educadas. Vestía una chaqueta de cuero oscuro, jeans desgastados y botas que pisaban el césped con autoridad, dejando huellas profundas.

—Pablo —dijo el hombre con una voz que sonó como el rugido de un motor lejano—. Necesito que firmes esto ahora. El cargamento del muelle está retenido.

Pablo se levantó de inmediato, con una expresión de respeto que no le mostraba a nadie más.

—Magnus, te dije que hoy era un almuerzo familiar.

—No me pagan por almorzar, Pablo. Me pagan por resolver tus problemas —respondió Magnus, entregándole una carpeta con un golpe seco.

Magnus se quedó de pie mientras Pablo revisaba los papeles. Tenía el cabello corto, una mandíbula que parecía esculpida en granito y unos ojos que no se detenían en nada que no fuera una amenaza. Cicatrices finas en los nudillos, postura de quien ha pasado demasiadas noches sin dormir.

Gusty dejó de reír con el arquitecto. Se quedó con la boca entreabierta, siguiendo el movimiento de los hombros de Magnus, como si acabara de ver algo que no sabía que existía. Milagro, por su parte, sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento. Ese hombre no era un "galán" fabricado; era una fuerza de la naturaleza. Cruda. Peligrosa. Real.

Vivi, sentada a unos metros, sintió una vibración extraña en su abdomen. El hígado de Amado reaccionó, pero no con calidez, sino con una alerta sorda, como si reconociera algo que no le gustaba del todo.

—Magnus, espera —dijo Pablo intentando ser cortés—. Ellas son Vivi, Milagro y Gusty. La familia del señor Rivera.

Magnus giró la cabeza apenas un centímetro. Su mirada recorrió a las hermanas con una frialdad absoluta. No hubo sonrisa, no hubo gesto de cortesía. Ni siquiera pareció ver que eran mujeres hermosas. Para él, solo eran obstáculos entre él y su trabajo.

—Mucho gusto —soltó Magnus con una sequedad que cortaba—. Pablo, te espero en el auto.

Se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás, dejando a los tres candidatos oficiales pareciendo sombras pálidas y sin importancia.

Gusty suspiró, casi sin aliento, con las mejillas encendidas.

—Olvida lo que dije antes —murmuró—. Él es el que quiero.

Milagro no respondió. Su corazón —el suyo propio, no el de su padre— latía con una furia nueva. Odiaba la arrogancia de Magnus, su rudeza, la forma en que parecía despreciar todo lo que no fuera útil. Pero por primera vez en años, sentía que había encontrado a alguien cuya oscuridad era tan profunda como la suya.

Alguien que no fingía ser perfecto.

Alguien que no necesitaba impresionar.

Alguien que, quizás, podría entenderla sin palabras.

Vivi observó a sus hijas desde su asiento. Gusty, con los ojos brillantes de ilusión. Milagro, con los puños apretados y la mandíbula tensa.

Y en su interior, el hígado de Amado latió una vez más.

No con calidez.

No con advertencia.

Sino con una resignación antigua, como si dijera:

El mundo sigue girando.

Y las hijas siguen eligiendo.

Incluso cuando duele.

Incluso cuando asusta.

Incluso cuando no entiendo.

Vivi cerró los ojos un segundo.

Y dejó que el latido hablara solo.

Porque sabía que, al final, ellas decidirían.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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