Capítulo 110: La protesta del músculo
Renart intentó ser el de antes. Quería recuperar algo de la vida que había dejado atrás cuando el corazón nuevo llegó. Beatriz, su exnovia, era hermosa, inteligente, y compartían recuerdos que aún dolían dulcemente. Se citaron en un café elegante del centro, el mismo donde solían ir los viernes después del trabajo. Ella llegó con el cabello suelto, vestido negro ajustado, sonrisa que antes lo desarmaba.
—Te ves bien, Renart —dijo Beatriz, tocándole la mano sobre la mesa—. Me alegra que hayas vuelto a la vida.
Él sonrió por compromiso. Intentó sentir lo de siempre: la calidez familiar, el cosquilleo en el estómago, la certeza de que con ella todo era sencillo.
Pero cuando Beatriz entrelazó sus dedos con los suyos, el pecho estalló.
No fue un dolor sutil. Fue una puñalada. El corazón se contrajo con violencia, como si quisiera salirse del cuerpo. Una arritmia salvaje, un latido errático que lo dejó sin aire. Sudor frío le corrió por la espalda. Náuseas. El mundo se volvió gris.
—¡Renart! ¿Qué te pasa? —gritó Beatriz, poniéndose de pie.
Él no podía responder. Se llevó la mano al pecho, jadeando. El dolor era tan intenso que pensó que iba a morir allí mismo, en esa mesa con manteles blancos y velas apagadas.
Lo llevaron al hospital en ambulancia. Los médicos hablaban rápido: “crisis de rechazo aguda”, “dosis masivas de corticoides”, “monitorización constante”. El cuerpo de Renart estaba atacando el corazón de Amado con una furia ciega, como si lo reconociera como extranjero.
Las máquinas pitaban con desesperación. El ritmo cardíaco oscilaba entre 180 y 40. Los doctores no entendían por qué los medicamentos no funcionaban rápido.
Entonces, Vivi entró a la habitación.
No dijo nada. Solo se acercó a la cama con pasos firmes, ignorando a las enfermeras. Se sentó al lado de Renart y puso su mano sobre su pecho, justo encima de la cicatriz larga y rosada.
En ese instante, el monitor cambió.
El latido salvaje, errático, empezó a bajar. De 170… a 140… a 110… a 80. Una cadencia suave, rítmica, casi tierna.
El médico, con los ojos muy abiertos, miró la pantalla.
—No sé qué hizo, señora, pero sus niveles se están normalizando. Es como si el órgano hubiera dejado de defenderse.
Renart abrió los ojos lentamente. Vio a Vivi. Sintió una paz que lo asustó. Porque en ese momento, supo que su vida dependía de ella. Literalmente.
—Tranquilo —susurró Vivi, sin quitar la mano—. Aquí estoy.
Renart intentó hablar, pero la voz le salió débil.
—¿Por qué… solo contigo se calma?
Vivi no respondió de inmediato. Sintió el latido bajo su palma: fuerte, constante, familiar. Como el que había escuchado tantas noches contra el pecho de Amado.
—Porque él te conoce —dijo al fin—. Porque él sabe que yo estoy aquí. Y no quiere que te vayas.
Renart cerró los ojos. Una lágrima se le escapó.
Y se preguntó con terror: ¿Soy yo el que siente este alivio, o es el hombre que murió el que por fin ha vuelto a casa? Luego preguntó:
—¿Entonces… no soy yo quien te quiere? —preguntó con voz apenas audible—. ¿Es él?
Vivi apretó su mano sobre el pecho. El corazón latió una vez más, suave, como una caricia.
—No lo sé —admitió ella—. Pero sé que cuando estás cerca… yo también me siento viva de nuevo. Y eso… eso no lo puedo explicar con ciencia.
El médico salió de la habitación en silencio, dejando a los dos solos.
Renart miró a Vivi. La vio de verdad: las ojeras, la fuerza en los ojos, la cicatriz que asomaba bajo la blusa.
—Y si soy yo… —dijo despacio— ¿me dejarías quedarme?
Vivi no respondió con palabras.
Solo se inclinó y apoyó la frente contra la de él.
El monitor seguía estable.
El corazón latía tranquilo.
Y en ese silencio, ambos supieron que la pregunta no tenía respuesta fácil.
Pero también supieron que, por ahora, no necesitaban una.
Editado: 01.02.2026