La Brujita Desastrosa

Capítulo 111

Capítulo 111: El café de los fantasmas

Vivi eligió “La Vieja Estación”, un café pequeño y discreto en el corazón del pueblo. Mesas de madera oscura, lámparas de bronce con luz ámbar, olor a canela y granos tostados que flotaba en el aire desde la entrada. Fue allí, veinte años atrás, donde Amado le había pedido que fuera su novia: una tarde de lluvia fina, dos cafés humeantes y una promesa torpe que ninguno de los dos olvidaría nunca.

Renart caminaba a su lado en silencio. No había hablado mucho durante el trayecto. Solo la miró una vez, con una mezcla de curiosidad y temor, como si supiera que estaba entrando en un territorio que no le pertenecía del todo.

Al cruzar la puerta, Renart se detuvo en seco.

Sus ojos recorrieron el local sin que Vivi dijera una palabra. Luego, como si una mano invisible lo guiara, caminó directamente hacia la mesa del fondo, la que estaba junto a la ventana con el vidrio ligeramente empañado por el vapor. Se sentó sin pedir permiso.

Vivi se quedó parada un segundo. El pulso le latió en las sienes.

—Aquí —dijo Renart con voz ronca, casi sorprendido de sí mismo—. Aquí nos sentamos.

Ella se sentó frente a él despacio, como si temiera romper algo.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó—. Ni siquiera te he dicho de qué lado está la entrada.

Renart pasó la mano por la madera rayada de la mesa. Cerró los ojos un instante.

—No lo sé con la cabeza, Vivi. Lo sé con… esto —se tocó el pecho—. Siento un calor aquí. Y de repente tengo ganas de pedir un pastel de canela, aunque nunca me ha gustado la canela.

Vivi sintió que el aire se le escapaba.

—A Amado le encantaba el pastel de canela —susurró—. Decía que el olor le recordaba a los domingos de su infancia, cuando su madre horneaba para toda la familia.

Pidieron dos cafés y un pastel de canela para compartir. El silencio entre ellos no era incómodo; era denso, cargado de cosas que ninguno sabía nombrar.

Renart tomó la taza con las dos manos, como si necesitara anclarse o como si las dos palmas de sus manos necesitaran calor.

—Cuando entro aquí, siento que ya estuve. Siento que sé exactamente cómo te gustaba que te sirvieran el café: sin espuma, con una bolsita extra de azúcar que siempre terminabas robándome del mío. Siento que sé que te ponías nerviosa cuando el mesero se acercaba porque pensabas que iba a derramar algo. Y sé que, esa tarde, yo —o él— te dijo que no te preocuparas, que si derramaban el café, él lo limpiaría con su camisa.

Vivi cerró los ojos. Las lágrimas le rodaron silenciosas.

—Exacto —dijo con voz quebrada—. Exacto todo.

Renart la miró. No había confusión en sus ojos. Solo una tristeza profunda y dulce.

—Esto está mal, Vivi —dijo al fin—. No puedo ser él. No soy él. Estoy usando sus recuerdos para acercarme a ti, y me siento como un ladrón. ¿Me miras a mí, o estás esperando que él asome por mis ojos?

Vivi sintió que la culpa la ahogaba. Bajó la mirada a la taza.

—No lo sé, Renart. A veces siento que te estoy usando para no dejarlo ir. Y a veces… a veces simplemente me gusta cómo me miras tú. Cómo me escuchas. Cómo te quedas cuando las cosas se ponen difíciles.

Renart estiró la mano sobre la mesa. No la tocó. Solo la dejó allí, abierta, como una invitación.

—Entonces… ¿qué hacemos? —preguntó con voz baja—. ¿Seguimos? ¿O nos alejamos antes de que esto nos destruya a los dos?

Vivi miró su mano. Luego levantó la vista y lo miró a los ojos. No a los de Amado. A los de Renart. A ese hombre que había llegado con un corazón prestado y ahora parecía llevar el suyo propio latiendo debajo.

—No lo sé —admitió—. Pero sé que cuando estás cerca… el mundo se siente menos vacío. Y eso… eso me da miedo. Porque significa que estoy empezando a vivir de nuevo. Y vivir de nuevo es desequilibrante.

Renart cerró la mano lentamente. No la retiró. La dejó allí, esperando.

—Entonces nos desequilibramos juntos —dijo—. Pero no nos vayamos.

Vivi no respondió con palabras.

Solo puso su mano sobre la de él.

El pastel de canela llegó a la mesa.

Ninguno lo tocó.

Pero ambos sintieron que el sabor de algo dulce volvía a tener sentido.

Aunque fuera solo un poco.

Aunque todavía no supieran si era amor.

O solo el eco de un amor que se negaba a morir.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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