Capítulo 112: La guardia de acero
Pablo llamó a Vivi esa misma tarde. Su voz sonaba apurada al teléfono, pero no nerviosa; más bien, como alguien que tiene el control aunque las cosas se compliquen.
—Vivi, hay una gala benéfica de la fundación de mi padre esta noche. Quiero que vayas con las niñas. Será bueno para ellas ver otro ambiente, conocer gente. Pero me surgió un problema con el sindicato en el muelle y llegaré tarde. No quiero que vayan solas. Magnus las recogerá y las acompañará hasta que yo llegue. No acepto un no por respuesta.
Vivi miró el teléfono un segundo. Sintió el hígado de Amado latir una vez, suave, como si asintiera.
—Está bien —dijo al fin—. Pero que sea solo para acompañar. Nada más.
Cuando el imponente auto negro de Magnus se detuvo frente a la casa, las tres mujeres bajaron. Magnus se bajó del conductor para abrirles la puerta. No dijo “están guapas”, ni sonrió. Solo las recorrió con su mirada de hielo, evaluando, como si calculara amenazas invisibles.
—Suban —dijo con esa voz que parecía salir de un motor viejo—. No me gusta llegar tarde.
En el trayecto nadie habló mucho. Magnus conducía con una mano en el volante y la otra cerca de la chaqueta, siempre alerta. Vivi iba adelante, Milagro y Gusty atrás. Gusty no dejaba de mirarlo por el retrovisor. Milagro, en cambio, tenía los brazos cruzados y la mandíbula tensa, como si el simple hecho de estar en ese auto fuera una derrota personal.
La gala era en un salón amplio, con candelabros de cristal, música suave de cuarteto y gente vestida de etiqueta. Magnus entró detrás de ellas, con la chaqueta de cuero cambiada por un traje negro que le quedaba demasiado ajustado en los hombros, como si el cuerpo se negara a encajar en algo tan formal. No se quitó la corbata. No sonrió. Solo se quedó un paso atrás, vigilando las entradas, las salidas, las caras.
Gusty fue la primera en romper el hielo.
—¿No vas a bailar conmigo, Magnus? —preguntó con valentía, intentando sonreír—. Mi papá decía que un hombre que no baila no es de fiar.
Magnus suspiró. Miró a su alrededor, como si buscara a Pablo para pedirle permiso, pero al no verlo, aceptó con una rigidez militar. La tomó de la mano y la llevó a la pista. Bailó con cortesía distante, manteniendo una separación correcta, como si Gusty fuera una niña que debía proteger, no una mujer.
Cuando terminó la pieza, sus ojos se cruzaron con los de Milagro.
Ella no pidió nada. Solo lo desafió con la barbilla en alto, con esa mirada que decía: ¿Miedo a perder el control, Magnus?
Sin decir una palabra, Magnus la tomó de la cintura y la llevó a la pista. No fue un baile romántico. Fue una declaración de guerra. Él la sujetaba con una fuerza que le recordaba que él era el que mandaba. Ella le respondía con una fijeza que le decía que no le tenía miedo. Los cuerpos pegados, el silencio tenso, los pasos que parecían una pelea sin golpes. Cada giro era un desafío. Cada mirada, una pregunta sin respuesta.
Vivi los observaba desde la mesa. En ese momento, su teléfono vibró. Era un mensaje de Renart:
“Quisiera verte.”
Vivi cerró los ojos un segundo.
Magnus y Milagro terminaron la pieza. No se aplaudieron. No se sonrieron. Solo se miraron un segundo más de lo necesario.
Magnus se separó primero. Volvió a su puesto un paso atrás, como si nada hubiera pasado.
Pero Vivi lo vio.
Vio cómo los hombros de Magnus se relajaron apenas un instante cuando Milagro se alejó.
Vio cómo los ojos de Milagro brillaron con algo que no era solo rabia.
Y sintió, en su interior, que Amado no solo se había repartido en órganos.
También se había repartido en posibilidades.
En caminos que sus hijas estaban empezando a caminar.
Aunque asustara.
Aunque todavía no supieran a dónde conducían.
Vivi miró el mensaje de Renart otra vez.
Y respondió con tres palabras:
“Otro día será.”
Editado: 01.02.2026