La Brujita Desastrosa

Capítulo 113

Capítulo 113: Líneas rojas
El trayecto de regreso fue silencioso hasta que el auto negro de Magnus dobló la esquina de la casa de Vivi. Fue entonces cuando las luces delanteras iluminaron a dos sujetos en una moto, merodeando la entrada con actitud sospechosa. Al ver el imponente vehículo y la figura de Magnus tras el volante, los hombres arrancaron a toda prisa, perdiéndose en un callejón oscuro.
Magnus detuvo el auto de golpe. Bajó con la agilidad de un depredador. Registró la acera con pasos rápidos, la mano cerca de la cintura bajo la chaqueta, pero ya no había nadie. Regresó al vehículo con el rostro endurecido.
—Esos tipos no eran simples curiosos —sentenció mientras ayudaba a las mujeres a bajar—. Pablo me llamó; tuvo un problema mayor en el muelle y no pudo llegar a la gala. Me pidió que me asegurara de que entraran a salvo.
Gusty bajó temblando ligeramente, mirando la oscuridad de la calle.
—Tengo miedo, mamá —susurró—. Magnus, ¿por qué no te quedas a cuidarnos esta noche? En el sofá, como la otra vez se quedó Renart…
Vivi sintió una punzada de incomodidad. Miró a Magnus: alto, rígido, lleno de una violencia contenida que no terminaba de encajar en su sala humilde.
—No, Gusty. No es correcto —dijo Vivi con firmeza—. Magnus ya ha hecho suficiente por hoy.
Milagro soltó una carcajada amarga, llena de veneno.
—¡Ah, claro! No es correcto que se quede Magnus, que es el brazo derecho de Pablo —dijo Milagro, mirando a su madre con desafío—. Pero el extraño de Renart sí puede quedarse a dormir aquí cuando le da la gana, ¿verdad? Para él sí hay lugar.
Magnus frunció el ceño. Su mirada pasó de Milagro a Vivi como un láser.
—¿Quién es Renart? —preguntó con una voz que exigía respuestas—. ¿Qué está pasando aquí?
Vivi sintió que el hígado de Amado le daba un vuelco de pura ansiedad. El eco en su abdomen latió con fuerza, alerta.
—No pasa nada, Magnus —cortó Vivi, dándole una mirada de advertencia a su hija—. Es un amigo de la familia. Te agradezco mucho por todo, de verdad. Por favor, dile a Pablo que estamos bien. Buenas noches.
Magnus no se movió de inmediato. Miró a Milagro un segundo más, como intentando descifrar el misterio de ese tal “Renart”, y luego asintió secamente antes de subir al auto y alejarse.
Una vez adentro, con la puerta cerrada con doble llave, la tensión estalló.
—Voy a llamar a Renart —sugirió Vivi, todavía temblando por la visión de los hombres en la moto—. Si esos tipos vuelven, necesitamos a alguien.
Milagro se puso de pie como un resorte.
—Si ese hombre pone un pie aquí esta noche, yo me largo —sentenció, subiendo el primer escalón de la escalera—. No voy a aguantar tus fantasmas ni tus sustitutos, mamá. Elige: o él, o yo.
Vivi bajó el teléfono lentamente. El silencio en la casa se volvió asfixiante. Gusty miró a ambas con tristeza infinita.
—Está bien —susurró Vivi al fin—. Nadie vendrá. Pasaremos la noche solas.
Milagro subió sin mirar atrás. La puerta de su cuarto se cerró con un golpe seco.
Gusty se acercó a su madre y la abrazó por la cintura.
—No es justo, mamá —murmuró—. Ella está sufriendo, pero tú también. Todos estamos sufriendo. En esta casa necesitamos a un hombre.
Vivi acarició el cabello de su hija menor.
—Lo sé, mi amor. Lo sé.
Esa noche, les costó dormirse.
Vivi se quedó mirando el celular, con el mensaje de Renart aún quemándole los ojos.
Milagro, arriba, escuchaba el motor de una moto imaginaria que nunca llegó.
Gusty soñaba con el ritmo del baile de Magnus, con esa fuerza que parecía proteger sin pedir nada a cambio.
Y en algún lugar lejano, Renart, sin saberlo, soñaba con otra mujer especial en su vida.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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