La Brujita Desastrosa

Capítulo 114

Capítulo 114: El umbral de las sombras
El silencio de la madrugada se rompió con el crujido metálico de una herramienta forzando la reja. Los motociclistas habían vuelto, convencidos de que la casa era una presa fácil. Pero no contaban con que, en la oscuridad de la acera de enfrente, Magnus no se había movido.
Antes de que los delincuentes pusieran un pie en el porche, tres sombras surgieron de la nada. Magnus y dos de sus hombres se lanzaron sobre ellos con una precisión quirúrgica. No hubo gritos, solo el sonido de cuerpos golpeando el pavimento y el clic seco de las esposas.
—Llévenselos —ordenó Magnus con voz gélida a sus hombres—. Que la policía los recoja en la esquina. Yo me encargo de informar a la casa.
Vivi, despertada por el forcejeo, sintió que el corazón le martilleaba el pecho. El miedo la cegó y, por puro instinto, tomó el teléfono y marcó al único hombre que su cuerpo reconocía como refugio.
—¡Renart! Están afuera… intentaron entrar —susurró, con la voz quebrada.
Diez minutos después, la escena en la puerta de la casa de los Rivera era un cuadro de tensión absoluta.
Renart llegó corriendo, pálido, con la respiración entrecortada y la mano en el pecho, sintiendo el dolor agudo de la arritmia por el esfuerzo. Se detuvo en seco al ver a Magnus de pie frente al porche, impasible, con los nudillos ligeramente manchados de sangre y la mirada fija en él.
—Llegas tarde, “amigo” —soltó Magnus, bloqueando el paso—. Los delincuentes ya están camino a la comisaría. No hay nada aquí que requiera tu presencia.
—Vivi me llamó a mí —respondió Renart, intentando recuperar el aliento, sintiendo cómo el corazón de Amado latía con una furia protectora frente al hombre que ahora custodiaba su hogar.
Vivi, Milagro y Gusty estaban tras la puerta cerrada. Escuchaban las voces bajas y peligrosas de los dos hombres afuera. Magnus representaba la eficacia, el orden y la protección real que Pablo les ofrecía. Renart representaba el vínculo, el pasado que se negaba a morir y esa extraña paz que solo él les daba.
—Mamá… —susurró Gusty, con la voz temblorosa—, abre a Magnus. Él nos salvó. Él es el que realmente puede cuidarnos.
—¡No! —intervino Milagro con una voz llena de conflicto—. Si abres a Magnus, dejas entrar a Pablo y a su mundo de violencia. Pero si abres a Renart, dejas entrar a un fantasma.
Vivi puso la mano sobre el picaporte. Su hígado latió con fuerza, una señal clara de alerta. Sentía a los dos hombres afuera como dos polos magnéticos opuestos. Sabía que a quien le abriera primero esa noche, le estaba entregando las llaves de su destino.
—¿A quién vas a elegir, mamá? —preguntó Milagro, con los ojos fijos en la mano de su madre.
Afuera, Magnus y Renart se miraban a los ojos. Un choque de alfas: la fuerza contra la esencia.
Vivi giró la llave. El sonido del cerrojo resonó en toda la calle. La puerta se abrió lentamente, revelando a los dos hombres esperando en el umbral, bajo la fría luz de la luna.
Vivi miró primero a Magnus. Vio la sangre seca en sus nudillos, la postura de quien acaba de ganar una guerra. Luego miró a Renart. Vio el sudor en su frente, la mano aún apretada contra el pecho, la respiración agitada por haber corrido hasta allí a pesar del riesgo.
El hígado de Amado latió una vez más. Fuerte. Claro. Como si dijera: Elige con el corazón. No con el miedo.
Vivi dio un paso adelante.
Y abrió la puerta por completo.
—Renart —dijo con voz baja pero firme—. Entra.
Renart dio un paso. Magnus no se movió. Solo la miró fijamente, con una mezcla de respeto y algo que parecía decepción.
—Gracias por salvarnos esta noche, Magnus —continuó Vivi—. Pero esta casa ya tiene quien la cuide. Y no es con fuerza. Es con algo que no se ve, pero que se siente.
Magnus inclinó la cabeza apenas. No dijo nada. Solo dio media vuelta y se alejó en su auto.
Renart entró. La puerta se cerró detrás de él.
Milagro soltó un sollozo ahogado y subió corriendo las escaleras.
Gusty miró a su madre con ojos llenos de lágrimas, pero también de comprensión.
Vivi se volvió hacia Renart.
—No sé si esto está bien —susurró—. Pero sé que no podía dejarte afuera.
Renart la miró. El corazón en su pecho latió suave, tranquilo, como si por fin hubiera encontrado su lugar.
—No sé si soy yo o él —dijo—. Pero estoy aquí. Y me quedo.
Vivi asintió. No se abrazaron. No hicieron falta palabras.
Renart volvió a dormir en el sofá de la sala sin saber lo que soñaría.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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