La Brujita Desastrosa

Capítulo 115

Capítulo 115: Celos
La noche en la casa de los Rivera no trajo descanso, sino una invasión de sombras. Renart dormía en el sofá de la sala, Vivi en su cama del piso superior, pero la pared que los separaba se volvió invisible en el mundo de los sueños.
Vivi se vio caminando por una calle empedrada que conocía de memoria. Amado iba a su lado, con esa camisa blanca remangada que siempre usaba los fines de semana. El sol del atardecer les calentaba la piel. Él le tomaba la mano y le decía algo que la hacía reír. Pero de repente, su rostro se endureció. Amado se soltó de su mano y la miró con una tristeza que quemaba.
—¿Tan pronto me has reemplazado, Vivi? —preguntó la voz de Amado, pero el tono era el de Renart—. ¿Me traicionas en mi propia casa?
Vivi despertó con el corazón en la garganta. Se sentó en la cama, intentando sacudirse la sensación de culpa que le apretaba el pecho. Bajó a la cocina por un vaso de agua, pero se detuvo en seco al ver a Renart.
Él estaba agitado, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras dormía, murmurando un nombre con voz rota:
—Elena… no te vayas, Elena…
Vivi sintió una punzada de celos tan real y física que le dolió el hígado. No era un dolor médico; era el rechazo de Amado hacia esa mujer del pasado de Renart que ella no conocía, pero que ahora sentía como una rival. Una mujer que había sido amada por el mismo corazón que ahora latía en el pecho de Renart.
Renart abrió los ojos de golpe y se encontró con la mirada de Vivi en la penumbra. No hubo necesidad de explicaciones. La conexión era tan total que él pudo ver el rastro de la calle empedrada en los ojos de ella, y ella pudo oler el perfume de Elena en el aire que él exhalaba.
—Soñaste con ella —dijo Vivi, con la voz cargada de una amargura que la sorprendió a ella misma—. La llamabas. La buscabas.
Renart se incorporó, frotándose el pecho con angustia.
—Y tú estabas con él —replicó él, con el rostro pálido—. Sentí tu mano en la suya. Sentí cómo tu alma se relajaba al verlo. Me dolió aquí, Vivi. El corazón de Amado se retorció de celos al ver que en tus sueños, yo soy solo un estorbo.
Se quedaron mirando en el silencio de la sala. Era una situación absurda y dolorosa: Vivi estaba celosa de una mujer muerta, y Renart (a través de Amado) estaba celoso de sí mismo.
—Esto es una tortura —susurró Vivi, acercándose—. Estamos atrapados en una red de recuerdos que no nos dejan ser nosotros. ¿Cómo puedo competir con Elena si ella es parte de tu esencia?
—¿Y cómo puedo yo competir con Amado —respondió Renart con voz rota—, si él es el dueño del motor que me mantiene vivo?
Vivi se sentó al borde del sofá. Renart no se movió. Solo la miró, con los ojos llenos de una mezcla de culpa y deseo.
—No quiero competir —dijo ella al fin—. Solo quiero… sentir algo que sea mío. Algo que no sea un eco.
Renart estiró la mano despacio. Esta vez sí la tocó. Rozó con los dedos el dorso de la mano de Vivi.
—Entonces dejemos de competir —dijo—. Dejemos que los fantasmas se queden en los sueños. Y que nosotros empecemos aquí. Ahora. Sin él. Sin ella. Solo nosotros.
Vivi no respondió de inmediato.
Solo giró la palma hacia arriba.
Y dejó que los dedos de Renart se entrelazaran con los suyos. Pero luego se soltó de pronto.
El corazón latió una vez más.
—Es mejor que te vayas cuando amanezca— dijo Vivi.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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