Capítulo 116: El pacto del silencio
Vivi pasó la mañana mirando el lugar donde Magnus había estado parado la noche anterior. La sensación de seguridad que él proyectaba se había evaporado, dejando la casa más fría que nunca. Se dio cuenta, con un peso en el estómago que le apretaba el hígado de Amado, que su necesidad de conectar con Renart había saboteado el futuro de sus hijas. En su afán por escuchar el eco de su esposo, había olvidado que Milagro y Gusty necesitaban un mundo real, no un recuerdo que respiraba.
Desesperada, tomó el teléfono y llamó a Pablo. La voz le tembló al hablar.
—Pablo… quería saber si Magnus podría acompañarnos esta tarde. Los hombres de la moto ya fueron atrapados, pero… bueno, él sabe cómo manejarlos. Y las niñas se sienten más seguras con él cerca.
La respuesta de Pablo fue lenta, pesada, como si le costara decirla.
—Hablé con él, Vivi. Se negó rotundamente. Magnus dice que él es un soldado, no una niñera, y que si la "jefa del hogar" ya eligió a su protector, él no tiene nada que hacer ahí. Me ofreció mandar a uno de sus hombres de segunda línea, pero entiendo lo que eso significa. Magnus ha perdido el interés. Para un hombre como él, la lealtad y el respeto son binarios. Si no eres su prioridad absoluta, no eres nada.
Vivi sintió que se le cortaba la respiración.
—¿No hay nada que hacer?
—Vivi, lo siento. Por ahora, ese camino está cerrado. Buscaremos otras formas, otros candidatos… pero con Magnus, todo ha terminado.
Vivi colgó, sin notar que Milagro estaba parada en la penumbra del pasillo, escuchando cada palabra.
La explosión llegó segundos después.
—¡Felicidades, mamá! —soltó Milagro, entrando a la sala con los ojos inyectados en rabia—. Por tu capricho de traer al "fantasma" a dormir en el sofá, nos acabas de quitar la única oportunidad de estar seguras. Magnus se fue. Pablo se rinde. ¿Y ahora qué? ¿Renart nos va a defender con sus arritmias?
—¡Basta, Milagro! —gritó Vivi, pero su voz se quebró—. No fue un capricho. Fue… fue miedo. Fue necesidad.
—No, mamá. Fue egoísmo —intervino Gusty, apareciendo detrás de su hermana, con una seriedad que no le correspondía—. Milagro tiene razón. Nosotras nos expusimos, fuimos a esa gala, bailamos con extraños para salvar esta familia… y tú nos diste la espalda por él.
Milagro dio un paso al frente, con un tono gélido.
—Si nosotras perdimos nuestras posibilidades por tu culpa, lo justo es que tú también pierdas la tuya. Haz un trato con nosotras: no vuelves a ver a Renart. Ni llamadas, ni visitas, ni sueños compartidos. Hasta que una de nosotras encuentre un camino o hasta que logres que Magnus regrese. Si nosotras estamos solas, tú también.
Vivi miró a sus dos hijas. Vio el dolor en Gusty y el resentimiento puro en Milagro. Comprendió que si no aceptaba, perdería a sus hijas para siempre.
El hígado de Amado latió una vez, suave, casi resignado, como si él también entendiera el precio.
—Está bien —susurró Vivi, sintiendo que una parte de ella se rompía—. Acepto. No volveré a verlo.
Milagro asintió, con los ojos húmedos pero firmes.
—Bloquéalo. Ahora.
Vivi tomó el teléfono con manos temblorosas. Abrió el contacto de Renart. Pulsó el botón de bloquear. El silencio que siguió no fue de paz, sino de una tumba.
Esa tarde, Vivi se sentó en la cocina sola. Miró la taza vacía donde Renart había tomado café esa misma mañana. Sintió el hígado latir con una tristeza profunda.
Había salvado la paz en su hogar.
Pero a cambio de enterrar, una vez más, el corazón del hombre que la había hecho sentir viva de nuevo.
Arriba, Milagro y Gusty se abrazaron en silencio.
Habían ganado la batalla.
Pero ninguna de las tres sabía si habían ganado la guerra.
Porque el silencio en la casa era más pesado que cualquier grito.
Y el eco de Amado, por primera vez, no latió con fuerza.
Solo latió con resignación.
Como si supiera que, a veces, el amor más grande que se puede dar…
es renunciar a él.
Editado: 01.02.2026