La Brujita Desastrosa

Capítulo 117

Capítulo 117: La fiebre del rechazo.

El pacto se cumplió al pie de la letra. Renart desapareció de la vida de Vivi como si nunca hubiera existido. No hubo mensajes, no hubo llamadas, no hubo sueños compartidos que pudieran filtrarse. Solo silencio. Un silencio que al principio parecía alivio, pero que pronto se convirtió en un vacío que le robaba el aire.

Al tercer día, Vivi empezó a sentirse mal. Al principio fue sutil: un cansancio que no explicaba el día, un color amarillento en la piel que se reflejaba en el espejo, una náusea que subía desde el abdomen y no se iba. Pensó que era el estrés, la culpa, el peso de la decisión. Pero al quinto día, la fiebre llegó. No era alta, pero era constante. El cuerpo temblaba sin razón. Los análisis de rutina que le hicieron en el centro de salud confirmaron lo que los médicos ya temían: rechazo leve del hígado trasplantado.

El estrés crónico, la culpa acumulada, el duelo no resuelto y la represión emocional habían debilitado su sistema inmunológico. El órgano que Amado le había dado —el que la mantenía viva— empezaba a ser atacado por su propio cuerpo. Como si, al bloquear a Renart, Vivi hubiera bloqueado también la única conexión que mantenía estable al hígado.

La llevaron al hospital de urgencia. La habitación era la misma de siempre: paredes blancas, olor a desinfectante, pitidos constantes. Vivi yacía en la cama, pálida, con los ojos hundidos, mientras los médicos ajustaban la medicación: corticoides intravenosos, inmunosupresores más fuertes, monitoreo cada hora.

Milagro y Gusty estaban a su lado. Milagro no hablaba mucho; solo miraba la vía intravenosa con una mezcla de culpa y rabia contenida. Gusty sí lloraba, en silencio, sosteniendo la mano de su madre.

Renart se enteró por casualidad. Una enfermera que lo conocía del trasplante lo reconoció en el pasillo y le dijo: “La señora Rivera está ingresada otra vez. Rechazo leve. Está estable, pero… no está bien”.

Renart no lo pensó dos veces. Llegó al hospital con el pecho apretado, la respiración entrecortada, sintiendo cómo el corazón de Amado latía con una urgencia desesperada. Entró a la habitación sin pedir permiso.

Milagro se puso de pie como un resorte.

—¡Tú! —gritó, señalándolo con el dedo—. ¡Fuera de aquí! ¡Tú la estás matando! Tienes el corazón egoísta de papá. No importa si ella muere, ¿verdad? Siempre fue así. Siempre pensó en sí mismo.

Renart se detuvo en la puerta. No respondió a la acusación. Solo miró a Vivi. Ella abrió los ojos despacio. Al verlo, una lágrima se le escapó.

—Renart… —susurró—. No deberías estar aquí.

Él dio un paso adelante, ignorando a Milagro.

—Vine porque no puedo no estar —dijo con voz rota—. Porque cada vez que me alejo, siento que me muero. Y ahora tú… tú te estás muriendo por mi culpa.

Milagro soltó una risa amarga.

—¿Tu culpa? No. Es la culpa de mamá. Por elegirte a ti en vez de protegernos a nosotras. Por romper el trato. Por dejarnos solas.

Vivi intentó incorporarse, pero el cuerpo no le respondió. Habló con voz débil, pero clara.

—Si me muero —dijo, mirando a sus hijas—, no será por Renart. Será por haberles enseñado a odiar el amor.

Milagro se quedó helada. Gusty soltó un sollozo ahogado.

Vivi continuó, con lágrimas rodando por las mejillas.

—Les enseñé que el amor duele. Que el amor traiciona. Que el amor mata. Y por eso ustedes ahora tienen miedo de amar. Por eso rechazan todo lo que huele a posibilidad. Por eso Milagro odia a Renart. Por eso Gusty duda de Pablo. Porque yo les mostré que el amor es peligroso.

Hizo una pausa. Respiró con dificultad.

—Pero el amor también salva. Amado me salvó con su vida. Renart me salvó con su presencia. Y ustedes… ustedes me están matando con su miedo.

Milagro bajó la mirada. Las lágrimas le cayeron sobre las manos apretadas.

Vivi extendió la mano hacia ella.

—Perdóname —dijo—. Perdóname por haberles enseñado a odiar lo que más necesitan.

Milagro se acercó despacio. Tomó la mano de su madre. Gusty se acercó también. Las tres se abrazaron en la cama del hospital.

Renart se quedó en la puerta, sin moverse. El corazón latió con paz.

Vivi lo miró desde la cama.

—No te vayas —dijo—. Quédate. Pero esta vez… quédate por mí. No por él. No por el eco. Por mí.

Renart asintió. Una lágrima le rodó por la mejilla.

—Solo por ti —dijo.

Y en ese momento, el monitor mostró un ritmo estable.

El hígado dejó de pelear.

El corazón dejó de protestar.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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