Capítulo 118: La lógica del amor
Magnus entró en el hospital no como un visitante cualquiera, sino como un inspector enviado por Pablo. No saludó a nadie en la recepción. No preguntó por la habitación; ya sabía dónde estaba. Caminó por los pasillos con esa presencia que hacía que las enfermeras se apartaran sin darse cuenta. Ignoró la calidez del reencuentro familiar que se filtraba desde la puerta entreabierta y esperó a que Renart saliera al pasillo por un poco de aire.
Lo interceptó cerca de la ventana, donde el sol de la tarde subrayaba la palidez del hombre del corazón prestado. Magnus se plantó frente a él, bloqueando la luz.
—¿Te sientes orgulloso? —soltó sin preámbulos.
Renart lo miró, confundido, con la mano aún en el pecho como si quisiera calmar el latido.
—¿De qué hablas, Magnus?
—De ella —dijo Magnus, señalando con la cabeza hacia la habitación—. Mira lo que le pasa cada vez que apareces. Crisis de rechazo, fiebres, arritmias. Tu “conexión mística” no es un regalo, es una infección. La estás forzando a vivir en un mundo de fantasmas y su cuerpo físico se está rindiendo. Si realmente la amaras, o si ese corazón que llevas fuera tan noble como dicen, entenderías que tu cercanía la está matando lentamente.
Renart sintió un golpe en el pecho, más fuerte que cualquier arritmia. Las palabras de Magnus tenían una lógica cruel y perfecta. ¿Y si él era el veneno? ¿Y si su presencia impedía que Vivi sanara de verdad? El corazón latió con fuerza, pero esta vez no era fuerza protectora: era duda.
—Quizás… quizás tengas razón —susurró Renart, bajando la mirada al suelo—. Quizás debería alejarme.
Magnus lo observó un segundo más. No había triunfo en su expresión. Solo una resignación fría.
—Hazlo antes de que sea tarde —dijo—. O no quedará nada que salvar.
Renart asintió despacio. Dio media vuelta y caminó hacia la salida del hospital, con el pecho apretado y la sensación de que cada paso era una traición.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió. Milagro salió, con el rostro encendido por la rabia. Había escuchado parte de la conversación desde el pasillo.
—¡Tú no tienes derecho a decirle nada! —gritó Milagro, encarando a Magnus—. ¿Quién te crees que eres? ¿El médico? ¿El juez de esta familia?
Magnus la miró con una frialdad absoluta, pero Milagro no retrocedió. Se plantó frente a él, tan cerca que Magnus pudo oler el rastro de cansancio y furia en su piel.
—Soy el que se encarga de que las cosas funcionen, Milagro —respondió él—. Alguien tiene que ser el adulto aquí. Tu madre está en esa cama porque no sabe decir que no a un delirio.
Milagro soltó una carcajada amarga y lo empujó levemente del hombro, un gesto que nadie en su sano juicio se atrevería a hacer con Magnus.
—Eres un bloque de hielo —le espetó—. No entiendes nada de lo que pasa en esta casa. Crees que todo se resuelve con guardias y dinero. Pero lo que mamá necesita no es tu protección de acero, es paz. ¡Vete de aquí antes de que yo misma te saque!
Magnus la tomó del brazo, no con fuerza, sino para estabilizarla. Por un segundo, el tiempo se detuvo. Sintió el pulso acelerado de Milagro bajo sus dedos, el calor de su piel, y vio un fuego en sus ojos que nunca había visto en ninguna mujer. Era una mezcla de dolor, lealtad y una valentía suicida.
—Suéltame —siseó ella, aunque no se movió.
Magnus la soltó lentamente. Por primera vez en años, su mente estratégica se quedó en blanco. No era molestia lo que sentía; era una sacudida eléctrica que le recorría la columna. Aquella “niña” rebelde acababa de atravesar su armadura sin siquiera intentarlo.
—Dile a Pablo que ella está bien —dijo Magnus, dirigiéndose a la puerta pero sin quitarle la vista de encima a Milagro—. Y piensa en lo que te dije. El amor no debería doler tanto.
Magnus se dio la vuelta y se alejó por el pasillo. Mientras caminaba, se miró la mano, la misma que había sostenido el brazo de Milagro. Sintió un hormigueo extraño. El “brazo fuerte” de Pablo acababa de descubrir que tenía un punto débil, y ese punto débil tenía el nombre de la hija mayor de Amado.
Dentro de la habitación, Vivi seguía luchando por estabilizarse. Pero fuera, en el pasillo, algo nuevo había empezado a moverse.
Algo que no era protección.
Algo que no era deber.
Algo que, quizás, era el comienzo de un sentimiento que ninguno de los dos esperaba.
Y que ninguno de los dos estaba preparado para nombrar.
Todavía no.
Editado: 01.02.2026