La Brujita Desastrosa

Capítulo 119

Capítulo 119: El peso del vacío

Renart no volvió a entrar a la habitación. Se quedó un momento apoyado contra la pared del hospital, sintiendo cómo el corazón de Amado parecía encogerse, como si supiera que la despedida era real. El pecho le ardía con un dolor sordo que no era físico, sino algo más profundo: la certeza de que su presencia ya no era salvación, sino veneno.

Sacó un trozo de papel de su cartera y escribió con mano temblorosa:

"Vivi, Magnus tiene razón. Mi presencia te debilita. Si quieres vivir, tienes que hacerlo sin el eco de Amado. Te amo lo suficiente para soltarte. Renart"

Dobló la nota, se la entregó a una enfermera con instrucciones precisas y salió del hospital sin mirar atrás. Cada paso resonaba como una puerta que se cerraba para siempre.

Dos días después, Vivi recibió el alta. El rechazo del hígado estaba controlado, los niveles volvían a la normalidad, pero la casa la recibió como un cementerio. El silencio era más pesado que nunca. Sabía que Amado tenía que irse para siempre a descansar en paz. El bloqueo de Renart ya no era por un pacto con sus hijas, sino por voluntad de él. Y eso dolía más que cualquier crisis médica.

Pasaba las horas en el jardín, mirando las flores que Amado había plantado años atrás. Se sentaba en la misma silla donde solían tomar café juntos, y el silencio en su pecho la aterraba. El hígado estaba estable, pero su alma estaba apagada. No había latidos extraños, no había sueños compartidos. Solo vacío.

Milagro, por su parte, no podía dejar de pensar en el hospital. Pero no pensaba en Renart, sino en la mano de Magnus apretando su brazo. Sentía una rabia nueva, una que la hacía caminar de un lado a otro de la sala, como si necesitara gastar energía que no sabía dónde poner.

De repente, el auto negro de Magnus se estacionó frente a la casa. Él bajó, pero esta vez no traía traje. Vestía ropa oscura, más informal, pero con la misma mirada de cazador. Llevaba una caja pequeña bajo el brazo.

Entró sin pedir permiso. Vivi lo vio desde el jardín y se levantó despacio.

—Magnus… —dijo, con voz neutra—. ¿Qué haces aquí?

—Pablo me envió a dejar estos documentos para que los firmes —dijo él, dejando la caja sobre la mesa—. Y también… para instalar un sistema de cámaras nuevo. Pablo no quiere más sorpresas.

Milagro salió al pasillo, cruzándose de brazos.

—No necesitamos tus cámaras, Magnus. Ya echaste al “problema”, ¿no? Ahora déjanos en paz.

Magnus se acercó a ella, ignorando a Vivi por un segundo. Se detuvo a escasos centímetros. La miró de arriba abajo, no con deseo, sino con intensidad.

—Las cámaras no son para él, Milagro —dijo en voz baja—. Son para ti. Porque eres demasiado imprudente y alguien tiene que vigilar que no cometas una estupidez.

—¿Me estás amenazando? —desafió ella, sintiendo que la respiración se le aceleraba.

—Te estoy cuidando —respondió él en un susurro que solo ella escuchó—. Aunque no lo quieras. Aunque me odies por ello.

Vivi observó la escena desde el jardín. Vio la chispa, el fuego entre su hija y el hombre de acero. Sintió que el sacrificio de Renart estaba abriendo una puerta que ella nunca imaginó: el destino de sus hijas empezaba a entrelazarse con el mundo de Pablo de una forma irreversible.

Magnus se volvió hacia Vivi.

—Firma los papeles. Las cámaras estarán instaladas mañana. Pablo no va a dejar que esto quede así.

Vivi firmó sin leer. Magnus tomó los documentos y se dirigió a la puerta. Antes de salir, miró una última vez a Milagro.

—No hagas tonterías —dijo—. No me obligues a volver antes de tiempo.

Y se fue.

Milagro se quedó en el pasillo, con los puños apretados. El corazón le latía con una furia que no entendía del todo.

Vivi entró desde el jardín. Miró a su hija.

—Milagro… —empezó.

—No digas nada, mamá —cortó ella—. No quiero escuchar más excusas. Solo quiero que esto termine. Quiero que todo vuelva a ser como antes.

Pero Vivi sabía que no había vuelta atrás.

El vacío que Renart dejó era enorme.

Pero también había abierto espacio para algo nuevo.

Algo que Milagro empezaba a sentir sin querer nombrarlo.

Algo que Magnus ya había empezado a proteger, aunque no lo admitiera.

Y en el abdomen de Vivi, el hígado latió una vez más.

No con tristeza.

No con resignación.

Sino con una certeza tranquila:

El amor no se acaba.

Solo cambia de forma.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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