Capítulo 121: La lógica del empleo
Milagro esperó a que Pablo terminara de hablar con Vivi en el jardín. Cuando él se despidió y salió por la puerta principal, ella lo interceptó en el porche antes de que subiera al auto.
—Pablo —dijo, con voz firme pero sin gritar—. Necesito hablar contigo. A solas.
Pablo la miró con sorpresa, pero asintió. Se apoyó contra el capó del auto y cruzó los brazos.
—Dime.
Milagro respiró hondo. Había ensayado las palabras toda la noche.
—No quiero que me presentes a más primos, sobrinos ni candidatos con dinero. No quiero una boda por gratitud ni una vida comprada. Quiero trabajar. Quiero ganarme mi propio dinero. Quiero decidir mi futuro sin sentir que alguien me debe algo o que yo le debo algo a alguien.
Pablo la observó en silencio un momento. No había condescendencia en su mirada, solo respeto.
—¿Qué sabes hacer? —preguntó, sin rodeos.
—Sé organizar. Sé negociar. Sé leer a las personas. Sé que no me rindo fácil. Trabajé tres años en la tienda de la esquina y nunca falté un día. Puedo aprender lo que sea si me lo enseñan bien.
Pablo sonrió apenas, un gesto pequeño pero genuino.
—Está bien —dijo—. Ven mañana a las nueve a la oficina central. Te pondré en el departamento de logística. No será fácil, pero si aguantas, tendrás tu sueldo y tu independencia. Sin favores. Sin deudas.
Milagro asintió, con el pecho lleno de una mezcla de miedo y triunfo.
—Gracias —dijo—. Pero que quede claro: no voy por ti. Voy por mí.
Pablo extendió la mano.
—Queda claro.
Ella se la estrechó.
Al día siguiente, Milagro llegó a la oficina con ropa sencilla pero pulcra. El edificio era moderno, con vidrios oscuros y un aire acondicionado que contrastaba con el calor del exterior. Pablo la recibió en la entrada y la llevó directamente al piso de logística.
—Aquí trabajas —dijo—. Pero no estarás sola. Vas a estar bajo la supervisión directa de Magnus.
Milagro se quedó helada.
—¿Magnus?
Pablo asintió.
—Es el jefe de operaciones. Nadie entra ni sale sin que él lo apruebe. Si quieres aprender de verdad, él es el mejor. Aunque… no es fácil trabajar con él.
Milagro sintió un nudo en el estómago. Pero levantó la barbilla.
—No vine a que me sea fácil. Vine a que me respeten.
Pablo sonrió.
—Entonces sobrevivirás.
La llevó al área de logística: escritorios llenos de pantallas, mapas en las paredes, teléfonos que no paraban de sonar. Magnus estaba de pie frente a un monitor gigante, hablando por un auricular con voz cortante.
—…si el camión no llega en veinte minutos, el contrato se cae. No me interesan excusas. Soluciónalo.
Colgó y se volvió. Vio a Milagro. Por un segundo, su expresión se congeló. Luego se recompuso.
—Señorita Rivera —dijo, con esa voz que parecía salir de una máquina—. Bienvenida al infierno. Siéntate en el escritorio tres. Hoy empiezas con los manifiestos de carga. Si cometes un error, lo pagas con horas extras. Si lo haces bien, tal vez te deje respirar.
Milagro se sentó sin decir nada. Abrió el primer archivo. Magnus se quedó de pie detrás de ella un momento, observando.
—No me mires así —dijo ella sin levantar la vista—. No vine a impresionarte. Vine a trabajar.
Magnus no respondió. Solo se alejó hacia su oficina, pero antes de entrar, se detuvo.
—Y no hagas estupideces —dijo, casi para sí mismo—. Ya tengo suficientes en esta empresa.
Milagro sonrió. Una sonrisa pequeña.
—No te preocupes, jefe. No soy de las que se rinden fácil.
Magnus cerró la puerta de su oficina.
Pero desde la ventana, Milagro vio cómo se quedó un segundo mirando hacia ella.
Editado: 01.02.2026