Capítulo 122: Entre archivos y confidencias
La primera semana en logística fue una guerra de voluntades. Magnus le asignaba a Milagro las tareas más tediosas: revisar facturas de combustible que llegaban con números desordenados, verificar rutas de camiones que se retrasaban sin explicación, cuadrar inventarios que nunca coincidían. Quería que se rindiera. Quería que volviera con la cola entre las piernas a pedirle a Pablo que la sacara de allí. Pero Milagro llegaba diez minutos antes y se iba una hora después, con los ojos rojos por la pantalla pero la espalda recta, sin pedir ayuda.
Una noche, pasadas las ocho, solo quedaban ellos dos en la oficina. El silencio era roto únicamente por el zumbido del aire acondicionado y el clic ocasional del ratón de Milagro. Magnus salió de su despacho con una carpeta bajo el brazo y la vio peleando con una planilla de Excel que se negaba a cuadrar.
—Vete a casa, Rivera —dijo, apoyándose en el marco de la puerta—. Ese cargamento de granos no va a cambiar porque lo mires con odio.
Milagro ni levantó la vista.
—Faltan tres toneladas, Magnus. No me voy hasta encontrarlas.
Magnus suspiró, dejó la carpeta en su escritorio y se sentó en la silla de al lado. El asiento crujió bajo su peso. Se inclinó hacia la pantalla, revisó las columnas con un vistazo rápido.
—Están en el puerto de trasbordo —dijo, señalando una fila—. El sistema no lo registra hasta que el sello se rompe. Déjalo así. Mañana aparecerán.
Milagro lo miró de reojo. Sus manos estuvieron a punto de rozarse sobre el teclado. Ella se tensó, sintiendo de nuevo ese calor que la confundía cada vez que él se acercaba demasiado.
Para romper el hielo, Magnus hizo algo que nadie esperaría: sacó su teléfono y le mostró una foto de un amanecer en el campo, el sol saliendo detrás de una colina verde, con niebla baja.
—¿Dónde es eso? —preguntó ella, curiosa a pesar de sí misma.
—Es cerca de donde vive un… un conocido —respondió Magnus, pensando en Renart—. Es un lugar tranquilo. A veces la gente necesita alejarse del ruido para no romperse.
Milagro lo miró fijo.
—No pareces el tipo de hombre que busca tranquilidad. Pareces el tipo de hombre que la destruye.
Magnus guardó el teléfono. Su expresión no cambió, pero su voz bajó un tono.
—A veces hay que destruir lo que está mal para construir algo sólido —replicó, sosteniéndole la mirada—. Como tú. Estás destruyendo a la niña consentida para ser una mujer. Duele, ¿verdad?
Milagro no respondió, pero sus ojos brillaron. No era llanto. Era reconocimiento.
Magnus se levantó bruscamente, recuperando su máscara de hierro.
—Mañana te quiero aquí a las ocho. Y no olvides los reportes del muelle sur.
Cuando Magnus salió del edificio, no fue directo a su casa. Condujo hasta el departamento de Renart. Necesitaba descargar la tensión que le quemaba el pecho desde que había sentido el pulso de Milagro bajo sus dedos.
Renart abrió la puerta y lo dejó pasar sin preguntar. Se sentaron en el balcón con una cerveza cada uno.
—Está trabajando conmigo —le dijo Magnus, mirando las luces de la ciudad—. Es más terca de lo que pensaba. Hoy casi… casi le digo que te he visto.
Renart sonrió, mirando el horizonte.
—No lo hagas. Si ella sabe que somos amigos, pensará que todo es un plan de Pablo para controlarla. Deja que ella encuentre su propio camino hacia ti, Magnus. Pero ten cuidado… las mujeres como Milagro no se enamoran de hombres como nosotros sin quemarse un poco.
Magnus dio un trago largo a la cerveza. Su voz salió baja.
—Ya estoy quemado, Renart. Desde el día del baile. Desde que la sentí temblar bajo mi mano y no supe si quería protegerla o algo más.
Renart no dijo nada más. Solo levantó su botella en un brindis silencioso.
Dos hombres unidos por la misma familia.
Dos hombres quemados por el mismo fuego.
Y en la oficina, Milagro seguía trabajando en la planilla de granos.
Editado: 01.02.2026