Capítulo 123: El puente de las sombras
Magnus cumplió su palabra. Cada pocos días, pasaba por el departamento de Renart. A veces solo para dejarle un libro que había encontrado en una librería, otras para compartir un cigarrillo en silencio en el balcón. Pero siempre terminaban hablando de ellas. Magnus le mostraba a Renart, desde su tableta, fragmentos de las cámaras de seguridad: Vivi podando los rosales con movimientos lentos y cuidadosos, Gusty estudiando con la luz de la tarde en el rostro, Milagro caminando de un lado a otro con esa energía volcánica que la caracterizaba, como si estuviera peleando con el mundo entero.
Renart veía las imágenes en silencio. El corazón latía con una mezcla de alivio y dolor que ya se había vuelto familiar.
—Lo que más siento —dijo una tarde, mientras el sol se ponía y el humo del cigarrillo se mezclaba con el aire fresco— es que no me despedí apropiadamente de Vivi. No hubo un adiós real. Solo una nota. Como si huyera.
Magnus apagó el cigarrillo contra el borde del balcón. Miró la ciudad que se encendía abajo.
—No te preocupes —dijo con esa voz grave que no admitía réplica—. Yo me encargo.
Renart lo miró, confundido.
—¿Qué vas a hacer?
Magnus no respondió de inmediato. Solo se levantó.
—Te avisaré cuando sea el momento.
Dos días después, el mensaje llegó: una ubicación. Un parque pequeño en las afueras, con un lago artificial y bancos de madera rodeados de árboles altos. “Hoy. 6 de la tarde. Solo ella. Sin hijas. Sin cámaras. Sin Pablo. Solo tú y ella. No me hagas arrepentirme.”
Renart llegó temprano. El sol estaba bajo, tiñendo el agua de naranja. Vivi apareció por el sendero opuesto, con un vestido sencillo de algodón azul, el cabello suelto y una expresión que mezclaba miedo y determinación.
Se encontraron a mitad del camino. Ninguno habló al principio. Solo se miraron, como si tuvieran que reconocer al otro después de un tiempo demasiado largo.
—Magnus me trajo aquí —dijo Vivi al fin, con voz baja—. Dijo que necesitábamos despedirnos bien. Que no podía dejar que terminara con una nota.
Renart asintió. El corazón latía fuerte. Con tristeza dulce.
—No quería que terminaras así —dijo—. No quería que pensaras que me fui porque no te amaba. Me fui porque te amo demasiado para verte sufrir por mi culpa.
Vivi dio un paso más cerca.
—Renart… —susurró—. No fue tu culpa. Fue la mía. Fui yo quien no supo soltar el pasado. Fui yo quien dejó que el eco de Amado me impidiera vivir el presente. Y por eso… por eso casi me muero.
Renart levantó la mano. Rozó con los dedos la mejilla de Vivi. Ella no se apartó.
—No quiero que vivas sin mí —dijo él—. Pero tampoco quiero que vivas por mí. Quiero que vivas por ti. Y si algún día decides que ese “ti” incluye a este hombre que lleva el corazón de otro… entonces estaré aquí. Esperando. Sin presionar. Sin exigir.
Vivi cerró los ojos. Una lágrima se le escapó. Renart la limpió con el pulgar.
—No sé si pueda —susurró ella—. No sé si pueda dejar de sentir que te traiciono a ti… y a él.
Renart la atrajo con suavidad. La abrazó. Ella se dejó. Apoyó la cabeza en su pecho. Escuchó el latido que ya no era solo de Amado. Era de Renart también. Era de los dos.
—No me traicionas —dijo él contra su cabello—. Me salvas. Cada vez que eliges vivir, me salvas.
Vivi levantó la cabeza. Lo miró a los ojos. No a los de Amado. A los de Renart.
Y entonces, despacio, se puso de puntillas.
Renart no se movió. Dejó que ella decidiera.
Vivi lo besó.
Fue un beso lento. Maduro. Sin prisa. Solo dos personas que se permitían sentir sin culpas ni ecos.
Vivi apoyó la frente contra la de él. Pensó: Creí que sería un beso de Renart, pero Amado aún sigue ahí; todavía es él.
Algunos amores trascienden el tiempo, incluso cuando el tiempo los destroza.
Editado: 01.02.2026