A petición de Gollitalectora, Elizabeth Del Pozo, Blanca Ofelia Romero, Alice Elsaa, Betsy Pernia, Anita y Juanita, aquí les traigo este regalo de extras para que los disfruten
Capítulo 29: El filo del desafío
La oficina de logística se había convertido en un campo de minas. Trabajando codo a codo, el espacio parecía haberse encogido. Cada vez que Magnus se inclinaba sobre el escritorio de Milagro para señalar un error en un manifiesto de carga, el roce de sus hombros enviaba una descarga eléctrica que ambos fingían ignorar. Pero el aire estaba cargado, denso, como el ambiente previo a una tormenta que ninguno quería nombrar.
Esa tarde, una discusión por una ruta mal trazada fue la chispa final.
—¡Te dije que no enviaras el camión por la ruta costera! —rugió Magnus, golpeando la mesa con la palma de la mano—. Es peligrosa y lo sabes.
—Y yo te dije que la carretera principal está bloqueada —replicó Milagro, poniéndose de pie para quedar a su altura—. No me trates como a una principiante, Magnus. Sé lo que hago.
Magnus dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que Milagro sintió el calor que emanaba de su cuerpo. Su mirada de acero bajó por un segundo a los labios de ella antes de volver a sus ojos.
—Tú no necesitas que te cuiden, Milagro —soltó él con una crudeza que la dejó sin aliento—. Necesitas que te desafíen. Y yo no sé hacer otra cosa. He pasado mi vida peleando, y contigo siento que estoy en la batalla más difícil de todas.
Milagro no retrocedió. Al contrario, se inclinó hacia él, desafiando la gravedad y el sentido común.
—No necesito un salvador —siseó ella, con la voz temblando de furia y deseo—. Necesito a alguien que no me mire como si fuera una niña. Alguien que entienda que puedo quemarme y seguir caminando.
—Entonces deja de actuar como si me odiaras —respondió él en un susurro peligroso—, porque tus ojos dicen que quieres que te detenga.
El silencio que siguió fue asfixiante. Magnus la tomó del brazo para enfatizar su punto, pero el agarre se transformó. Milagro tropezó hacia adelante y, en el movimiento brusco de la discusión, sus rostros quedaron a milímetros. Fue un accidente, un choque de inercias, pero cuando sus labios se rozaron, el mundo se detuvo.
Fue apenas un segundo, un contacto eléctrico y prohibido que sabía a café amargo y a peligro.
Magnus no la soltó de inmediato; sus dedos se hundieron en la piel de su brazo con una urgencia que lo delataba. Milagro sintió que las rodillas le flaqueaban, pero el miedo fue más rápido que el deseo. Se soltó de un tirón, jadeando, con los labios todavía ardiendo por el contacto.
—Esto… esto no puede pasar —logró decir ella, con los ojos muy abiertos.
Sin esperar respuesta, Milagro tomó su bolso y huyó de la oficina. Corrió por el pasillo, ignorando el aire acondicionado frío, sintiendo que el pecho le estallaba.
Una vez en la calle, se detuvo a respirar. Se tocó los labios con la punta de los dedos. Ya no podía negarlo. Ya no era rabia lo que sentía por el brazo derecho de Pablo. Era algo mucho más oscuro y devorador.
Arriba, en la oficina, Magnus se quedó inmóvil, mirando la puerta cerrada. Se miró la mano, la misma que todavía conservaba el calor de Milagro, y apretó el puño. Había cruzado una línea roja, y sabía que, en su mundo, las líneas rojas se pagaban con sangre… o con el corazón.
Editado: 01.02.2026