Capítulo 2: El costo de la devoción
La cabaña olía a lavanda y a fracaso.
Beatrix estaba sentada en el borde de su sofá desvencijado, observando al hombre que hacía ocho meses había jurado amar para siempre. Rodrigo Santana. Ingeniero civil. Treinta y dos años. Ojos cafés que alguna vez brillaron con inteligencia, ahora vacíos como los de un pez en el mostrador del supermercado.
Las cortinas estaban cerradas aunque era mediodía. Beatrix había desarrollado una aversión a la luz natural; la claridad tenía la molesta costumbre de iluminar verdades incómodas, y ella vivía actualmente rodeada de ellas. Rodrigo estaba sentado frente a ella, las manos sobre las rodillas, la espalda recta. Esperando. Siempre esperando.
— ¿Tienes hambre? —preguntó Beatrix, probando. —Si tú tienes hambre, yo tengo hambre. —No te pregunté si tengo hambre. Te pregunté si TÚ tienes hambre. —Lo que tú digas está bien.
Beatrix sintió la náusea subir por su garganta como una marea tóxica. Llevaba tres días de despertarse junto a un hombre que la miraba con una adoración enfermiza, un cascarón humano incapaz de decidir. Un mandilón.
Esto no era amor. Esto era destrucción.
—Rodrigo —dijo Beatrix—, ¿qué quieres hacer hoy? —¿Qué quieres hacer tú? —Dios mío.
Beatrix se levantó con brusquedad. Rodrigo también se levantó, como un soldado respondiendo a un comando silencioso. -No. Quédate sentado —ordenó ella. Él se sentó. —Párate. —Él se paró. —Salta. —Rodrigo saltó. Una vez. Dos veces. Esperaba instrucciones para la tercera.
Beatrix corrió al baño y vomitó.
Recordó el inicio de todo. Rodrigo era brillante, apasionado, un hombre que hablaba de la poesía de los puentes. Pero cuando ella sintió el miedo de perderlo, el pánico superó a la razón y recurrió al grimorio. El hechizo de amor, de "Devoción" parecía la solución, pero entre las manchas de café y su propia desesperación, había creado un zombie emocional que había renunciado a sus amigos, a su trabajo y a su propia voluntad.
El libro estaba en el estante superior. Lo abrió con las manos temblando, buscando la página que el café aún no había devorado por completo. Allí, entre manchas marrones, apareció el Contra-hechizo de Liberación .
La instrucción era extraña y específica: "Para romper el vínculo y devolver la conciencia, el oficiante deberá reclamar el anillo de matrimonio. Una vez entregado, se pondrá fin al hechizo con una bofetada física al sujeto" .
Pero había una advertencia final escrita en el margen: "Este par de anillos no pueden ser guardados ni destruidos. Para que la liberación sea permanente, deben ser entregados o vendidos a una pareja que esté por contraer nupcias" .
Beatrix salió del cuarto. Rodrigo seguía de pie donde lo había dejado. —Rodrigo, necesito que me des tu anillo —dijo ella, con la voz quebrada.
Él no dudó. Se quitó la alianza de oro del dedo anular con una sonrisa dócil y se la puso en la palma de la mano. Beatrix se fue del suyo. Sentir el metal frío de ambos anillos juntos le quemaba la conciencia.
—Perdóname —susurró ella.
Entonces, tomó aire y, con toda la fuerza que pudo reunir, le cruzó la cara con una bofetada seca. El sonido del impacto resonó en toda la cabaña.
El cambio fue instantáneo. Los ojos de Rodrigo parpadearon y, por primera vez en meses, se enfocaron con una luz real. Se llevó la mano a la mejilla, confundida, y luego miró a Beatrix. La confusión dio paso a una comprensión horrible mientras los fragmentos de memoria de los últimos ocho meses se conectaban en su mente.
—¿Qué...? —Su voz sonó oxidada—. ¿Qué me hiciste?
Rodrigo se levantó tan rápido que volcó la silla. Miró a Beatrix como si fuera un monstruo. —¡No te acerques! —gritó—. Ocho meses... ¡¿Qué me hiciste?!
Él corrió hacia la puerta, tropezando, llorando de pura rabia y terror. La puerta se cerró con un golpe que resonó en el silencio. Beatrix se quedó sola, con los dos anillos pesando en su mano como si fuera de plomo.
Sintió una vergüenza que le llegaba a los huesos. Su hechizo de amor había salida mal.Se miró al espejo y no reconoció a la mujer que veía. Había violado la mente de alguien que confiaba en ella.
Beatrix guardó los dos anillos en una bolsita de tela. Ahora tenía una misión que era casi un castigo: debía encontrar a una pareja que fuera a casarse y entregarles esas joyas cargadas de historia, antes de que el hechizo intentara regresar a ella.
Se sentó en el sofá vacío y lloró de verdad.Comprendió lo que era ser víctima de esa magia.
Editado: 01.02.2026