La Brujita Desastrosa

Capítulo 125

Capítulo 125: Vengo a tener algo contigo

El eco de sus palabras aún vibraba en el aire del pasillo cuando dio un paso hacia adelante, obligándome a retroceder hacia el interior de mi apartamento. No pedí permiso; su presencia reclamaba el espacio por derecho propio. Era la asistente personal de la CEO, una mujer cuya eficiencia era tan legendaria como su frialdad.

—La señora Valerius te envió para esto? —pregunté, tratando de que mi voz no delatara el vuelco que me había dado el corazón.

Ella dejó su maletín de cuero sobre la mesa y se giró lentamente, desabrochando el primer botón de su americana. Sus ojos me recorrieron como si estuviera auditando una propiedad antes de una compra.

—La señora Valerius no pierde el tiempo con "proyectos" que no funcionan bajo presión —respondió con una sonrisa gélida—. Ella sabe que te atreviste a enviarle flores con una nota que ningún empleado se atrevería a firmar. Eso demuestra audacia, pero la audacia sin talento es solo estupidez.

Se acercó tanto que pude oler su perfume: sándalo y algo metálico, como la lluvia antes de caer.

—Así que aquí estoy. Soy el filtro, la aduana que debes cruzar. Ella quiere saber si ese fuego que presume en tus correos es real o si solo eres un buen redactor de fantasías. Vengo a tener algo contigo, y si al amanecer sigo pensando que eres digno de ella, tendrás tu cita. Si no... mañana tu acceso a la empresa estará desactivado.

El desafío estaba sobre la mesa. No era solo una cuestión de placer, era una prueba de carácter. Ella no buscaba a un hombre sumiso, buscaba a alguien capaz de sostenerle la mirada a la cima del mundo corporativo.

—Entonces —dije, cerrando la puerta con llave y dejando que mi seguridad volviera a su sitio—, espero que hayas traído notas, porque no pienso dejar que te olvides de esta inspección.

El clic de la cerradura resonó como un disparo en el silencio. Ella no se inmutó; solo arqueó una ceja perfecta, como si el gesto de encerrarla fuera predecible, casi infantil.

—Notas… —repitió con lentitud, saboreando la palabra—. Qué formal. Pensé que eras más del tipo que actúa primero y documenta después.

Se quitó la americana con un movimiento preciso, dejándola caer sobre el respaldo de una silla. La camisa blanca debajo era impecable, pero el corte dejaba entrever que no llevaba sostén; los pezones se marcaban contra la tela fina cada vez que respiraba. No era descubierto: era intención.

Avanzó hasta que solo quedó el grosor de un suspiro entre nosotros. Sus dedos subieron hasta mi corbata —la que me había puesto esa mañana pensando en una reunión rutinaria— y tiraron de ella con la misma autoridad con la que firmaría un despido.

—Regla número uno —dijo, su voz baja, pero autoritaria—. No me tocas hasta que yo diga que puedes. Esto no es una cita. Es una evaluación. Y yo soy la que pone las notas.

Mi pulso latía en la garganta. Quise responder con algo ingenioso, pero su mano libre ya había descendido por mi pecho, deteniéndose justo encima del cinturón. No lo desabrochó. Solo presionó la palma abierta contra mi abdomen, como midiendo la tensión de los músculos, la rapidez de mi respiración.

—¿Nervioso? —preguntó, inclinando la cabeza—. La señora Valerius odia a los hombres que se derriten fácil. Dice que son como contratos mal redactados: bonitos en papel, inútiles cuando hay que ejecutarlos.

La miré a los ojos. Eran grises, casi plateados, del color del acero antes de que se caliente al rojo. No había burla en ellos, solo cálculo frío y una curiosidad peligrosa.

—Entonces demuéstrame —continuó— que sabes ejecutar.

Di un paso mínimo hacia adelante, invadiendo su espacio personal sin tocarla aún. Ella no retrocedió. En cambio, su mano subió hasta mi nuca y me obligó a bajar la cabeza hasta que nuestros labios quedaron a un milímetro.

—No beses —ordenó—. Aún no. Primero quiero ver si sabes esperar.

El aire entre nosotros se volvió espeso, cargado. Sentí el calor que irradiaba su cuerpo a través de la camisa, el leve temblor que intentaba disimular en sus dedos. Ahí estaba: la grieta en la armadura. La asistente perfecta también tenía su propio fuego, solo que lo guardaba mejor.

Lentamente, sin romper el contacto visual, lleve una mano a su cintura. No la apreté, solo la posé, dejando que el peso de mi palma le recordara que yo también podía reclamar territorio.

Ella exhaló una risa corta, casi inaudible.

—Bien. Punto un favor. La mayoría ya estaría de rodillas suplicando.

Sus labios rozaron los míos sin llegar a besarme, solo una fricción deliberada, tortuosa.

—Ahora quítate la camisa —dijo—. Espacio. Quiero ver si el resto de ti está a la altura de esa nota que le enviaste.

Mis dedos encontraron los botones. Uno a uno, los fui soltando mientras ella observaba cada movimiento como si estuviera revisando saldos financieros. Cuando la tela cayó al suelo, su mirada bajó por mi torso, deteniéndose en las pequeñas cicatrices que tenía en las costillas —souvenirs de otra vida, de otra audacia mal calculada—.

—Tienes historia —murmuró, casi para sí misma—. Eso le gustará a la señora Valerius . Le gustan los hombres que han sangrado antes de llegar a su escritorio.

Entonces fue ella quien dio el paso definitivo. Su mano se deslizó dentro de mi pantalón, no con delicadeza, sino con la precisión de quien sabe exactamente lo que busca. Me presioné lo justo para hacerme contener el aliento.

—Última oportunidad de echarte atrás —susurró contra mi mandíbula—. Di que no y mañana tu vida laboral sigue igual. Di que sí… y esta noche te convierto en el único hombre que ha pasado mi filtro en los últimos tres años.

La miré directo a los ojos.

—Sí —dije, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba.

Su sonrisa ya no era gélida. Era depredadora.

—Entonces prepárate —murmuró, tirando de mi cinturón con decisión—. Porque la inspección acaba de empezar de verdad.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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