Capítulo 127: La Otra Cara del Contrato
El Bentley se deslizaba por las avenidas del centro financiero como un tiburón negro entre peces dorados. La señora Valerius iba en el asiento trasero, revisando documentos en su tableta, sin dirigirnos ni una palabra. Yo conducía en silencio, con el tráfico abriéndose a nuestro paso como si la ciudad supiera quién iba dentro.
Llegamos al hotel Intercontinental a las 8:12 exactas. Tres hombres de traje impecable —dos europeos, uno asiático— esperaban en la entrada con sonrisas profesionales y maletines que olían a millones. Valerius bajó del coche sin que yo tuviera que abrirle la puerta; lo hizo sola, con esa elegancia que convertía cada movimiento en una declaración de dominio. Me miré una sola vez.
—Espera aquí. No te muvas.
La reunión durará exactamente dos horas y cuarenta minutos. Lo supe porque miré el reloj del tablero cada cinco minutos, contando los segundos como quien espera una sentencia. Cuando las puertas del hotel se abrieron de nuevo, Valerius salió primero, flanqueado por los tres empresarios. Todos sonreían. El trato estaba cerrado; se notaba en el lenguaje corporal, en los apretones de manos prolongados, en la forma en que los hombres inclinaban ligeramente la cabeza al despedirse de ella.
Entonces apareció el segundo vehículo: otro Bentley idéntico, pero gris perla. Lo conducía uno de los chóferes habituales de la empresa. Del asiento trasero bajaron cuatro mujeres jóvenes, todas hermosas de esa manera pulida y cara que solo se consigue con dinero y tiempo dedicado. Vestidas con elegancia discreta pero inconfundible: tacones altos, escotes sutiles, maquillaje que parecía no llevar maquillaje. Subieron al hotel sin mirar a nadie, directos al ascensor privado.
Valerius se acercó a mí. No entró al coche. Se inclinó hacia la ventanilla del conductor, que bajé de inmediato.
—Quédate aquí. Espera instrucciones.
Y se fue. Subió al Bentley gris con las cuatro mujeres y desapareció por la rampa del estacionamiento subterráneo del hotel.
Pasaron otras tres horas. El sol ya quemaba el asfalto cuando el Bentley gris reapareció. Las cuatro mujeres bajaron primero, riendo entre ellas con esa complicidad post-batalla. Iban despeinadas de forma estudiada, los labios un poco más rojos, los ojos brillantes de algo que no era solo champagne. Subieron al mío sin decir palabra, como si yo fuera parte del mobiliario.
La asistente fue la última en bajar del gris. Llevaba el mismo traje negro de siempre, pero ahora con un leve rubor en las mejillas y el moño un poco más suelto. Se acercó a mi ventanilla.
—Llévalas a sus casas. En el orden que te dé el GPS. Después... a mí.
No hubo más explicaciones.
Conduje en silencio por la ciudad. Una a una, las déjé en edificios de lujo: una en Santa Elena, otra en San Benito, otra en Zona Rosa. Ninguna dijo más de “gracias” o “aquí es”. Todas bajaron con la misma sonrisa satisfecha y cansada.
Cuando solo quedó la asistente en el asiento trasero, el coche se sintió de repente demasiado grande y demasiado pequeño al mismo tiempo. La mire por el retrovisor.
—¿Qué está pasando? —pregunté al fin, cuando el tráfico nos obligó a detenernos en un semáforo.
Ella soltó una risa corta, sin humor.
—Está bien claro, ¿no? En el mundo de los negocios hay mucho sexo de por medio. La gente común no lo sabe con certeza, pero lo imagina. Lo presente. Huele el dinero y el poder, y sabe que no se consiguen solo con PowerPoints y contratos. A veces se cierran en camas de hotel de cinco estrellas.
Hizo una pausa. Se quitó los tacones y los dejó a un lado, estirando los pies como si acabaría de terminar un turno largo.
— ¿Por eso estás soltera? —pregunté.
—Estoy soltera porque quiero estarlo. Esta es mi normalidad. Vivir en un hogar convencional, con un hombre de pareja que llega a las seis, cena y ve cable… eso no es lo normal para mí. Eso sería la anomalía.
— ¿Y empezaste por miedo a perder el empleo?
Negó con la cabeza, mirando por la ventanilla las luces de la ciudad que empezaban a encenderse.
-No. Todas las chicas que viste hoy —y yo misma— trabajábamos antes de damas de compañía. Ganábamos menos y nos exponíamos mucho más. Clientes impredecibles, hoteles baratos, riesgos que no valían la pena. La señora Valerius nos sacó de eso. Nos dio un trabajo estable, un sueldo fijo, seguridad social, bonos. Y clientes controlables. Hombres que firman acuerdos de confidencialidad, que saben que si hablan pierden acceso a todo el ecosistema. Es un intercambio justo. Más poder, menos peligro.
El semáforo cambió. Avancé despacio.
—Y habrá algo más… ¿entre nosotros? —pregunté, casi sin querer.
Ella me miró por el retrovisor. Sus ojos plateados ya no eran fríos; Estaban cansados, pero serenos.
—No es necesario. La prueba ya terminó. Hiciste lo que tenías que hacer. Fuiste evaluado, puntuado, archivado. A no ser que la señora Valerius pida otra evaluación… no hay razón para repetir.
Hizo una pausa larga.
—Y honestamente… no me interesa repetir por deporte. Lo que pasó anoche fue trabajo. Buen trabajo, pero trabajo. No lo confundas con algo personal.
Llegamos a su edificio: un condominio moderno en la Colonia Escalón, con seguridad privada y vistas al volcán. Bajó del coche, reconoció sus tacones y se inclinó hacia la ventanilla del conductor.
—Gracias por el traslado. Mañana a las 7:00 en punto en la empresa. La jefa tiene agenda llena.
Se dio la vuelta, pero antes de entrar al lobby se detuvo y me miró una última vez.
—Y una cosa más —dijo—. No te sientas menos por ser el motorista. Estás más cerca de lo que crees. Solo que el precio del ascenso… es más alto de lo que imaginabas.
Entró al edificio sin mirar atrás.
Encendí el motor de nuevo. El Bentley ronroneó suavemente mientras me alejaba.
Editado: 01.02.2026