Capítulo 128: La Lección del Ascenso
El mensaje llegó a las 10:43 de la mañana, mientras esperaba en el garaje subterráneo con el Bentley ya limpio y el motor en reposo. Era un texto directo de la asistente, sin saludo ni preámbulos:
“Piso 47. Ahora.”
No pregunté. Subí en el ascensor privado, sintiendo cómo el estómago se contraía con cada piso que pasaba. No era miedo. Era anticipación. La misma que sentía antes de cada curva peligrosa en la carretera.
Cuando entré a la oficina, la señora Valerius estaba sentada detrás de su escritorio, no de pie junto al ventanal como la última vez. Eso ya era diferente. Tenía una taza de café humeante en la mano y una carpeta cerrada frente a ella. Me miró por encima del borde de la taza, evaluándome sin disimulo.
—Cierra la puerta —dijo.
Lo hice. El clic resonó como siempre.
—Siéntate.
Me senté en la silla de enfrente. No era la de las visitas importantes; era una más baja, más sencilla. Un recordatorio sutil de jerarquía.
—¿Qué tal el trabajo? —preguntó, dejando la taza con delicadeza.
—Bien —respondí, manteniendo la voz neutra—. Puntual, discreto, sin incidentes. El coche está impecable. Las rutas optimizadas. Todo en orden.
Ella asintió una sola vez, como si eso fuera lo mínimo esperado.
—Bien. Me alegra que te adaptes rápido. Ahora dime… ¿tienes alguna pregunta?
Respiré hondo. Había ensayado la frase en mi cabeza durante días.
—Sí. Tengo una. ¿Cuándo volveré a pasar la prueba con su asistente? Quiero saber si estoy… disponible para usted. De verdad.
El silencio que siguió fue tan pesado que casi pude oír el tictac del reloj en la pared opuesta. Valerius no sonrió de inmediato. Primero inclinó la cabeza, como estudiando un balance financiero que no cuadraba del todo.
—A mí me gustan mucho los masajes —dijo al fin, con voz calmada—. Masajes profundos, precisos, que sepan exactamente dónde presionar y dónde soltar. También me gustan los hombres que bailan bien: no para lucirse en una pista, sino para moverse con una mujer como si el ritmo fuera una conversación privada. Y me gustan los detalles de etiqueta: saber qué cubierto usar, cómo abrir una botella de vino sin hacer ruido, cómo sostener una mirada sin que parezca un desafío.
Hizo una pausa. Tomó un sorbo de café.
—Así que te voy a mandar a aprender todo eso. Tendrás instructores privados: un masajista tailandés que solo trabaja para gente como yo, un profesor de baile argentino que ha entrenado a diplomáticos, y una asesora de protocolo que ha preparado a esposas de magnates. Gastos pagados. Alojamiento en suite. Tiempo razonable: tres meses, quizás cuatro. No hay prisa… pero tampoco hay excusas.
Volví a preguntar, porque no pude contenerme.
—¿Y después de eso… volveré a pasar otra prueba con su asistente?
Esta vez sí sonrió. Una sonrisa lenta, casi divertida.
—Sí. Después de que domines lo que te acabo de decir, habrá otra evaluación. Pero no será como la primera. Será más exigente. Más… íntima. Porque si algún día llegas a ser mi pareja, no puedo permitirme que me dejes en evidencia delante de nadie. Ni en una cena de negocios, ni en una cama.
Se reclinó en la silla, cruzando las piernas con esa elegancia felina que hacía que el aire se volviera más denso.
—Y ahora dime la verdad —continuó, bajando la voz—. ¿Por qué tanta insistencia en ser examinado de nuevo? ¿Acaso te has enamorado de mi asistente?
La pregunta cayó como una piedra en agua quieta. Sentí el calor subir por el cuello. Negué con la cabeza, rápido, demasiado rápido.
—No. Para nada. Solo… quiero demostrar que puedo llegar más alto. Que no me conformo con el asiento del conductor.
Ella soltó una risa suave, casi musical.
—Tu sonrisa te delata, motorista.
No respondí. No hacía falta. La comisura de mi boca seguía curvada, traicionándome.
Valerius se puso de pie, rodeó el escritorio y se detuvo frente a mí. Extendió la mano. No para darme nada esta vez; solo para tocarme la barbilla con dos dedos, obligándome a mirarla a los ojos.
—No te preocupes. No es un delito desearla. Ella es deseable. Pero si quieres llegar a mí, primero tienes que pasar por el fuego de aprender a ser mejor. Mucho mejor. Y cuando termines el entrenamiento… volverás aquí. Y ella te estará esperando.
Retiró la mano.
—Tu vuelo sale mañana a las 9:00. Bangkok primero. Luego Buenos Aires. Luego Ginebra. La asistente te enviará el itinerario completo en una hora. No lleves mucho equipaje. Todo lo que necesites estará allí.
Se dio la vuelta hacia el ventanal, dándome la espalda.
—Y una última cosa —dijo sin mirarme—. Si durante estos meses piensas en ella… piensa también en mí. Porque al final del camino, no es a la asistente a quien tendrás que impresionar.
Salí de la oficina con el pulso acelerado y una sonrisa que no podía borrar.
Abajo, en el garaje, el Bentley esperaba como siempre. Pero esta vez no lo limpié. No lo necesitaba.
Porque ya no era solo el motorista.
Era el hombre que iba a volver convertido en algo más.
Y cuando lo hiciera, la prueba no sería solo una evaluación.
Sería una conquista.
Editado: 01.02.2026