La Brujita Desastrosa

Capítulo 129

Capítulo 129: La Tortura del Deseo Contenido

Tres meses y doce días después, el vuelo de regreso aterrizó en Comalapa a las 14:17. Bajé del avión con el cuerpo más ligero, los músculos más definidos, la postura más recta. Bangkok me había enseñado a leer cada centímetro de tensión en un cuerpo ajeno; Buenos Aires, a moverme como si el suelo fuera una extensión de mi voluntad; Ginebra, a servir un vino sin que el corcho hiciera ruido ya sosteniendo una conversación sin que nadie notara que estaba midiendo cada palabra. Llevaba el mismo traje negro que me habían entregado en el primer hotel, pero ahora me quedaba como una segunda piel.

El Bentley negro ya esperaba en la pista privada de la empresa. Subí al asiento del conductor por instinto, pero el conductor que me recibió negó con la cabeza.

-No. Hoy vas de pasajero. La jefa quiere verte llegar como invitado.

El trayecto hasta la torre corporativa fue silencioso. Miraba por la ventanilla las calles que antes conducía, pero ahora sentía que las observaba desde otro ángulo. Más alto. Más cerca.

Cuando entró al piso 47, la asistente ya estaba en el pasillo. Vestía un traje gris perla ajustado, el pelo suelto por primera vez, cayéndole en ondas controladas sobre los hombros. Me miró de arriba abajo, lenta, deliberada.

—Ha cambiado —dijo, sin sonreír—. Se nota.

No respondí. Solo asentí una vez. Mi pulso ya latía en los oídos.

La señora Valerius estaba de pie junto al ventanal, como siempre. Esta vez llevaba un vestido negro de corte sirena que parecía absorber la luz.

—Bienvenido de vuelta —dijo, girándose—. Has cumplido con el entrenamiento. Eso ya es más de lo que esperaba. Ahora… pasa directamente a la prueba.

Mi respiración se aceleró. Miré a la asistente. Ella bajó la mirada un segundo, y juro que vi una chispa de algo —diversión, quizás lástima—.

—Vamos —dijo ella, y me guió hacia una sala contigua que nunca había visto: paredes oscuras, suelo de madera pulida, una mesa larga con velas apagadas, un equipo de sonido discreto y un futón amplio en el centro cubierto con sábanas blancas.

Cerró la puerta. Solo nosotros dos.

Pensé que sería como la primera vez: piel contra piel, urgencia, reclamo. Pero ella se detuvo a un metro de distancia.

—Primera parte: masaje —dijo, quitándose la chaqueta y quedando en blusa y falda—. Desnúdate hasta la cintura. Tú das. Yo recibo.

Me quité la camisa con manos que no temblaban. Ella se tendió boca abajo en el futón, la espalda expuesta, la piel pálida contrastando con la tela negra del sostén. El aroma a sándalo volvió como un puñetazo.

Comencé por los hombros, aplicando la presión exacta que me habían enseñado en Bangkok: círculos profundos, lados largos, percusiones controladas. Mis dedos encontraron los nudos que ella llevaba meses acumulando. Cada gemido bajo que escapaba de su garganta era una victoria y una tortura. Bajé por la columna, rozando los costados de sus pechos sin llegar a tocarlos. Ella arqueó ligeramente la espalda, invitando, pero cuando mis manos se acercaron a la cintura, se giró de golpe.

—Suficiente —susurró, con la voz nerviosa—. Ha aprobado esta parte. Pero no sigas. No es el momento.

La segunda parte fue el baile.

Puso música: un tango lento, cargado, de esos que Astor Piazzolla escribía para hacer sufrir. Me tomó de la mano y me llevó al centro de la sala. Nos pegamos desde el primer compás. Pecho contra pecho, cadera contra cadera, pierna entre pierna. Bailábamos como si estuviéramos follando sin tocarnos del todo: ochos cerrados, boleos que rozaban el interior de sus muslos, cortes que la obligaban a arquearse contra mí. Sentía su calor a través de la tela fina, su respiración acelerada contra mi cuello, el roce deliberado de sus pezones endurecidos contra mi torso. Cada giro era una promesa que no se cumplió. Cada pausa, una agonía.

Cuando la canción terminó, ella se separó un paso, jadeando.

—Tercera parte: etiqueta —dijo, recuperando el control—. Imagina que estamos en una cena con inversionistas japoneses. Sirve el vino. Corta el filete. Haz una conversación trivial que no revela nada.

Lo hice. Sirve un Rioja imaginario con el giro de muñeca perfecto. Corte un filete invisible con precisión quirúrgica. Mantuve una charla sobre arte contemporáneo sin caer en lo vulgar. Ella observaba cada detalle, anotando mentalmente.

Al final, se sentó en el borde del futón y cruzó las piernas.

—Has mejorado mucho —dijo—. El masaje fue impecable. El baile… peligroso, pero controlado. La etiqueta, perfecta. Puntuación: 9,1.

Hizo una pausa.

—Pero no es suficiente. La señora Valerius quiere perfección absoluta. 9.1 es excelente… para un aspirante. No para un igual.

Mi pecho se hundió.

—¿Y ahora?

—Tu sueldo aumenta un 40%. Vuelves al puesto de motorista, pero con bonos por disponibilidad 24/7 y acceso a ciertas reuniones como observador silencioso. Estás más cerca… pero todavía no estás arriba.

Se puso de pie, se acercó y me puso una mano en el pecho, justo sobre el corazón.

—No fue tortura para ti solo —susurró—. También lo fue para mí. Pero las reglas son claras: nada de intimidad hasta que la jefa dé el visto bueno. Y hoy… no lo dio.

Se alejó hacia la puerta.

—Mañana a las 7:00 en el garaje. El Bentley te espera. Y yo… también.

Salió sin mirar atrás.

Me quedé solo en la sala, con la música aún resonando en la cabeza y el cuerpo ardiendo de deseo frustrado. Me vestí despacio, sintiendo cada músculo tenso, cada roca fantasma de su piel.

Bajé al garaje. El Bentley negro brillaba bajo las luces frías. Me senté al volante, ajusté el espejo y vi mi reflejo: más afilado, más seguro, más hambriento.

9.1 no era el 10.

Pero era un paso.

Y el próximo examen —el de verdad— vendría cuando menos lo esperara.

Encendí el motor.

El ronroneo llenó el silencio.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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