Capítulo 130: El Desahogo Prometido
El mensaje llegó a las 22:14, mientras yo limpiaba el Bentley en el garaje subterráneo, solo con el rumor del trapo contra la carrocería y el eco de mis propios pensamientos. Era de ella. Directo, sin emojis ni rodeos:
"Piso 42. Sala de reuniones pequeña. Ahora. Privado."
Mi pulso se disparó. Tres meses de entrenamiento, la tortura del masaje y el tango sin final feliz, el aumento de sueldo que no cambiaba el asiento del conductor… y ahora esto. Privado. A esa hora. Tenía que serlo. Tenía que ser la señal de que la evaluación pendiente iba a convertirse en algo real, en piel y no en promesas.
Subí por las escaleras de servicio para no cruzarme con nadie. El piso 42 estaba casi a oscuras, solo una luz tenue saliendo por debajo de la puerta de la sala 42-B. Entre sin tocar.
Ella estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, con un vestido negro sencillo que no era de oficina. El pelo suelto, los hombros relajados. Se giró despacio. No irritante.
—Cierra —dijo.
Lo hice. El clic sonó como una sentencia. Me acerqué dos pasos. El aire olía a su perfume de siempre, pero más suave, más humano.
—¿Es lo que creo? —pregunté, con la voz más ronca de lo que quería—. ¿Otra prueba? ¿O…algo más?
Ella negoció con la cabeza, lenta.
—No. Es otra cosa.
Se sentó en el borde de la mesa de reuniones, cruzó las piernas y me miró directo.
—Una gran amiga de la señora Valerius se acaba de divorciar. Lleva semanas pasándola muy mal. Llora en las noches, no duerme, sigue revisando fotos del ex. La jefa le prometió un “desahogo” sexual. Algo limpio, discreto, sin ataduras emocionales. Solo placer para que deje de pensar en él. Y pensé en ti.
El silencio cayó pesado. Sentí cómo la excitación que traía se congelaba en algo frío y amargo.
—¿Yo? —dije, casi riendo por lo absurdo—. ¿Para eso me entrenaron tres meses? ¿Para ser el gigoló de las amigas de la jefa?
—No es prostitución barata —replicó ella, con voz cortante—. Es un servicio. Bien pagado. Muy bien pagado. Una noche, quizás dos. Dinero que no toca tu sueldo fijo. Y un favor enorme a la señora Valerius . Esa cuenta. Mucho.
Di un paso atrás.
—Si hago eso… ¿crees que después ella querrá tener algo conmigo de verdad? ¿De forma exclusiva? ¿O solo será el que “desahoga” a quien le dé la gana?
La asistente frunció el ceño. Vi ojo real en sus ojos plateados.
—¿Y qué? ¿Te sientes mejor que yo? ¿Superior? Porque yo he hecho exactamente lo mismo durante años. Y no me avergüenzo. Es trabajo. Es poder. Es supervivencia con estilo.
—No es eso —respondí, bajando la voz—. No me siento superior. Solo… no quiero que mi camino hacia ella pase por acostarme con sus amigas como si fuera un bono de fin de año.
Ella se puso de pie, furiosa.
—Entonces dilo tú mismo. Porque la jefa está esperando tu respuesta. Y si le dices que no, no solo pierdes la oportunidad de dinero extra. Pierdes puntos. Pierdes cerca. Pierdes la posibilidad de que algún día te mire como algo más que el motorista que sabe dar masajes.
Respiré hondo.
—Solo lo haré si ella me lo pide directamente. En persona. No por intermediarios.
La asistente me miró un segundo más, como midiendo si era orgullo o cobardía. Luego sacó el teléfono y marcó sin apartar la vista.
—Está aquí —dijo al auricular—. Quiere oírlo de usted.
Puso el altavoz. La voz de la señora Valerius llegó clara, serena, como siempre.
—Motorista. ¿Estás ahí?
—Sí, señora.
—Mi amiga necesita desahogarse. Es importante para mí que esté bien. Te ofrezco cinco mil dólares por una noche. Todo confidencial, todo discreto. ¿Aceptas?
Tragué saliva.
—Solo si usted me lo pide. Personalmente.
Hubo una pausa corta.
—Te lo pido personalmente. Hazlo bien. Hazlo con cuidado. Y cuando termines… hablaremos de tu próximo paso.
—Está bien —dije—. Acepto.
La asistente colgó. No me miró a los ojos.
—Mañana a las 20:00. La jefa la traerá aquí primero. Luego irán a su casa privada en la finca. Tú estarás esperando.
Se dio la vuelta hacia la puerta.
—Y no la cagues —murmuró antes de salir—. Porque si fallas con su amiga… fallas conmigo también.
Al día siguiente, a las 19:55, estacioné el Bentley negro frente a la entrada principal de la torre. La señora Valerius bajó primero, impecable en un abrigo largo color camel. Detrás de ella, una mujer de unos treinta y cinco años, rubia, ojos hinchados de tanto llorar, vestido azul marino sencillo. Hermosa a pesar del dolor, o quizás por él. Se llamaba Elena. No me miró.
Subieron al coche. La señora Valerius se sentó adelante, a mi lado.
—A la finca —dijo—. Y maneja despacio. Ella necesita tiempo.
Conduje en silencio por la carretera que sale de la ciudad. Elena iba atrás, mirando por la ventanilla, con las manos apretadas en el regazo. De vez en cuando soltaba un suspiro tembloroso.
Llegamos a la casa de la finca: una mansión discreta, rodeada de jardines y seguridad invisible. La señora Valerius abrió la puerta y ayudó a Elena a bajar. Me miré.
—Llévala al cuarto azul. El de la terraza. Yo estaría en el estudio. Si necesitas algo, avísame. Pero no creo que necesites nada.
Subimos las escaleras. Elena caminaba como sonámbula. Abrí la puerta del cuarto azul: cama king, luces tenues, una botella de vino abierta en la mesita, pétalos secos en las sábanas. Olía a lavanda ya tristeza. Ella se sentó en el borde de la cama. No se quitó el abrigo.
—No quiero sexo —dijo de repente, con voz rota—. No hoy. Solo… quiero que alguien me abrace. Que me deje llorar sin decirme que ya pasará. Que no intentes arreglarme.
Me senté a su lado, sin tocarla aún.
—Entonces eso haremos.
Se inclinó hacia mí. La abracé. Lloró contra mi pecho durante casi una hora. Sollozos profundos, sin vergüenza. Yo solo la sostenía, acariciándole el pelo con lentitud, murmurando nada en particular. "Está bien. Llora todo lo que necesitas".
Editado: 01.02.2026